Cabo Circeo
-
Milo Verified
- .:Caballero Dorado de Escorpio:.
- Mensajes: 48
- pinterest Kuchnie Warszawa
- Registrado: Vie Jul 14, 2023 2:30 am
- 2
Re: Cabo Circeo
Cuando saltó de su brazo, se mantuvo quieto, a un par de metros de él. Sabía que quizá sentía un poco revuelto el estómago, pues no contaba con su cuerpo, uno preparado para moverse a una alta velocidad. Cuando su maestro lo había tomado de esa forma la primera vez y lo había prácticamente teletransportado a otro lugar, había vomitado*.
Su castigo había sido ejemplar, por lo que se empeñó en fortalecerse. Sin embargo tenía presente la sensación y entendía que Aioria la sintiera en ese momento.
Habían llegado a la costa, por fortuna ya era un poco tarde y no había nadie en la playa.
—Está oscureciendo —dijo, inspeccionando la zona. En una duna no muy lejana alcanzó a ver un perro que les miraba sin acercarse, pero no le dio mucha importancia, cerca de donde Aioria caminaba hacia una pequeña barcaza notó un cangrejo que corría sin una dirección fija, pero alejándose de las olas del mar.
Las actitudes de ambos animales lo desconcertaron, pero entonces notó como Aioria soltaba el pequeño bote y le miraba de forma insistente. Se percató entonces que sus ojos parecían atravesarlo y Milo se giró, para descubrir que observaba una formación rocosa en apariencia, cercana a ellos.
—Sería peligroso ir ahora —sin embargo, empezó a empujar la barcaza contra las olas, adentrándola al mar. Sus pies se hundían ligeramente en la arena, sus pantalones comenzaron a mojarse y una ola más alta de lo esperado lo empapó de un costado.
Odiaba la arena. Jamás terminaría de sacarla de sus zapatos.
Se apoyó en la orilla del bote y subió de un salto. Encontró un remo tirado en el piso y lo utilizó para moverse hacia donde quería ir el pequeño león.
—Tengo la impresión de que esto será más difícil de lo que parece —masculló, mientras movía sus brazos para seguir remando. Su vista fija allá hacía donde se dirigían— Me gusta leer —siguió hablando—. Y disfruto en especial los antiguos escritos griegos.
Bajó la mirada para mirar a Aioria y la regresó hacia la formación rocosa del frente.
—A donde nos dirigimos tiene una particular historia, que supongo conoces bien —una fuerte ola choco contra las paredes del bote y lo sacudió con fuerza. Estaban acercándose al fondo rocoso de la isla a la que se dirigían— ¿Tiene que ver con lo que te sucedió?
_____
*Ver misceláneos.
Su castigo había sido ejemplar, por lo que se empeñó en fortalecerse. Sin embargo tenía presente la sensación y entendía que Aioria la sintiera en ese momento.
Habían llegado a la costa, por fortuna ya era un poco tarde y no había nadie en la playa.
—Está oscureciendo —dijo, inspeccionando la zona. En una duna no muy lejana alcanzó a ver un perro que les miraba sin acercarse, pero no le dio mucha importancia, cerca de donde Aioria caminaba hacia una pequeña barcaza notó un cangrejo que corría sin una dirección fija, pero alejándose de las olas del mar.
Las actitudes de ambos animales lo desconcertaron, pero entonces notó como Aioria soltaba el pequeño bote y le miraba de forma insistente. Se percató entonces que sus ojos parecían atravesarlo y Milo se giró, para descubrir que observaba una formación rocosa en apariencia, cercana a ellos.
—Sería peligroso ir ahora —sin embargo, empezó a empujar la barcaza contra las olas, adentrándola al mar. Sus pies se hundían ligeramente en la arena, sus pantalones comenzaron a mojarse y una ola más alta de lo esperado lo empapó de un costado.
Odiaba la arena. Jamás terminaría de sacarla de sus zapatos.
Se apoyó en la orilla del bote y subió de un salto. Encontró un remo tirado en el piso y lo utilizó para moverse hacia donde quería ir el pequeño león.
—Tengo la impresión de que esto será más difícil de lo que parece —masculló, mientras movía sus brazos para seguir remando. Su vista fija allá hacía donde se dirigían— Me gusta leer —siguió hablando—. Y disfruto en especial los antiguos escritos griegos.
Bajó la mirada para mirar a Aioria y la regresó hacia la formación rocosa del frente.
—A donde nos dirigimos tiene una particular historia, que supongo conoces bien —una fuerte ola choco contra las paredes del bote y lo sacudió con fuerza. Estaban acercándose al fondo rocoso de la isla a la que se dirigían— ¿Tiene que ver con lo que te sucedió?
_____
*Ver misceláneos.
Última edición por Milo el Mié Ago 30, 2023 2:59 pm, editado 1 vez en total.
Re: Cabo Circeo
No pudo menos que estar de acuerdo con Milo, cuando le dijo que sería peligroso a esas horas pero eran aspirantes santos dorados que estaban acostumbrados a enfrentarse a lo complejo y salir airosos. Dudoso, meditó un poco más de lo necesario, pero asintió con la cabeza.
Milo hablaba mesurado y no pudo ponerle más que una atención fija cuando habló. Aioria siempre fue más un niño de acción. Por supuesto que como estudiante se esmeraba en aprender lo mejor que podía, pero Milo por otro lado, disfrutaba el aprendizaje de los libros, si no más bien lo amaba. A Aioria le había gustado apiñarse a su lado desde que eran muy pequeños, y verlo saltar a sus conclusiones locas pero increíbles, mientras le narraba apasionadamente de qué trataba lo que tenía en sus manos. Si hubiera podido sonreír lo hubiera hecho, sabía que le gustaba leer y por eso había sido fácil con una sola palabra que le entendiera, para su fortuna.
En su estado no podía solucionar nada y era de suma importancia ayudar al poblado. Milo estaba en condiciones para lograrlo y merecía saber a qué se enfrentaba. Aioria le daría las advertencias pertinentes para evitar los errores que lo llevaron a la situación actual, al menos en lo que sus limitados recuerdos pudieran ayudar. Recibiría después el castigo de los representantes en la casa del Patriarca si era necesario.
Una vez recuperado el manto sacro, podrían ir al pueblo de Eea y entonces volver sobre sus pasos desde que llegó como... humano. No había otra manera de darle la información precisa a Milo. De esa forma recuperaría probablemente del todo su memoria o en su defecto, si lo hacían de una manera distinta, al menos el rubio podría desentrañar el misterio de en dónde estaban el resto de las personas desaparecidas. Aioria ya tenía la idea del estado de algunas y olvidó la certeza de otras pocas mas. Como Milo era un hombre culto, era bueno para hacer preguntas precisas y resolver enigmas así que seguramente le iría mejor.
Bordearon hasta la mitad la formación rocosa y allí Aioria, pidió a Milo girar, lo que les permitió el ingreso a un ancho túnel naturalmente formado por las piedras. Era demasiado poca la luz que se filtraba, pero su visión estaba mejorada por su condición felina.
Le dolió la cabeza al intentar recordar detalles; bajó las orejas y sacudió la cabeza para despabilarse. Lo importante era tenía la certeza de haber podido salirse (nunca huir) del lugar (no recordando ubicación) en donde lo habían acorralado aquellos guerreros y una figura misteriosa; los perdió y luego, en el bosque, al cambiar se dio cuenta que estaba dispersa la armadura. Aunque aturdido, en su condición no pudo mas que arrastrar pieza por pieza para esconderla.
Una vez que se acercaron a la orilla, Aioria brincó hacia una formación de tierra. Para su horror se hundió y comenzó a patalear nadando como podía y se encaramó con las garras. Respiró rápido; nunca pensó que fuese tan horrible la sensación del agua en su pelo haciéndolo pesado acrecentando la amenaza de ahogarse. Saliendo del agua, por puro instinto se sacudió. Ahora tenía mucho frío. Miró a Milo que seguramente se burlaría de su espectáculo; por si las dudas levantó la cabeza y olfateó con desdén.
Y justo ahí el aroma exquisito de algo le llamó la atención. Olfateó mas fuerte. Sabía que tenía que conseguir la armadura; que tenía una misión y un caballero al cuál guiar pero... ¡era tan seductor que su razón no alcazaba! Al fin...sólo serían unos segundos.
Corrió hacia unos arbustos en donde comenzaba el follaje a estar mas abundante; mas allá se removió otro amasijo de hierbas altas; él se escondió para ver qué era lo que despedía el delicioso olor. Como si amasara el suelo con sus patas delanteras se aseguró de estar bien plantado y tensó los músculos para saltar; sin embargo olvidó por un instante que Milo estaba también alrededor y su presencia lo distrajo.
Milo hablaba mesurado y no pudo ponerle más que una atención fija cuando habló. Aioria siempre fue más un niño de acción. Por supuesto que como estudiante se esmeraba en aprender lo mejor que podía, pero Milo por otro lado, disfrutaba el aprendizaje de los libros, si no más bien lo amaba. A Aioria le había gustado apiñarse a su lado desde que eran muy pequeños, y verlo saltar a sus conclusiones locas pero increíbles, mientras le narraba apasionadamente de qué trataba lo que tenía en sus manos. Si hubiera podido sonreír lo hubiera hecho, sabía que le gustaba leer y por eso había sido fácil con una sola palabra que le entendiera, para su fortuna.
En su estado no podía solucionar nada y era de suma importancia ayudar al poblado. Milo estaba en condiciones para lograrlo y merecía saber a qué se enfrentaba. Aioria le daría las advertencias pertinentes para evitar los errores que lo llevaron a la situación actual, al menos en lo que sus limitados recuerdos pudieran ayudar. Recibiría después el castigo de los representantes en la casa del Patriarca si era necesario.
Una vez recuperado el manto sacro, podrían ir al pueblo de Eea y entonces volver sobre sus pasos desde que llegó como... humano. No había otra manera de darle la información precisa a Milo. De esa forma recuperaría probablemente del todo su memoria o en su defecto, si lo hacían de una manera distinta, al menos el rubio podría desentrañar el misterio de en dónde estaban el resto de las personas desaparecidas. Aioria ya tenía la idea del estado de algunas y olvidó la certeza de otras pocas mas. Como Milo era un hombre culto, era bueno para hacer preguntas precisas y resolver enigmas así que seguramente le iría mejor.
Bordearon hasta la mitad la formación rocosa y allí Aioria, pidió a Milo girar, lo que les permitió el ingreso a un ancho túnel naturalmente formado por las piedras. Era demasiado poca la luz que se filtraba, pero su visión estaba mejorada por su condición felina.
Le dolió la cabeza al intentar recordar detalles; bajó las orejas y sacudió la cabeza para despabilarse. Lo importante era tenía la certeza de haber podido salirse (nunca huir) del lugar (no recordando ubicación) en donde lo habían acorralado aquellos guerreros y una figura misteriosa; los perdió y luego, en el bosque, al cambiar se dio cuenta que estaba dispersa la armadura. Aunque aturdido, en su condición no pudo mas que arrastrar pieza por pieza para esconderla.
Una vez que se acercaron a la orilla, Aioria brincó hacia una formación de tierra. Para su horror se hundió y comenzó a patalear nadando como podía y se encaramó con las garras. Respiró rápido; nunca pensó que fuese tan horrible la sensación del agua en su pelo haciéndolo pesado acrecentando la amenaza de ahogarse. Saliendo del agua, por puro instinto se sacudió. Ahora tenía mucho frío. Miró a Milo que seguramente se burlaría de su espectáculo; por si las dudas levantó la cabeza y olfateó con desdén.
Y justo ahí el aroma exquisito de algo le llamó la atención. Olfateó mas fuerte. Sabía que tenía que conseguir la armadura; que tenía una misión y un caballero al cuál guiar pero... ¡era tan seductor que su razón no alcazaba! Al fin...sólo serían unos segundos.
Corrió hacia unos arbustos en donde comenzaba el follaje a estar mas abundante; mas allá se removió otro amasijo de hierbas altas; él se escondió para ver qué era lo que despedía el delicioso olor. Como si amasara el suelo con sus patas delanteras se aseguró de estar bien plantado y tensó los músculos para saltar; sin embargo olvidó por un instante que Milo estaba también alrededor y su presencia lo distrajo.
Re: Cabo Circeo
El estrecho pasaje por el que se adentraron le provocó cierta desconfianza, un movimiento descuidado podría estrellar la barcaza contra las filosas rocas y hasta ahí terminaría su transporte, no porque no tuvieran otros medios para trasladarse (eran aspirantes a caballeros dorados muy bien entrenados después de todo), pero había cosas que eran más sencillas si se hacían de la manera habitual, como personas normales.
Por fortuna, pasaron sin mayor problema, el movimiento de la marea era menor ahí y al final llegaron a un claro.
—¡Hey, espera! —llamó cuando Aioria saltó al agua, y por un momento casi suelta la soga del bote para apresurarse a coger de la piel al revoltoso león, cuando lo vio mover sus patas con firmeza, hasta conseguir alcanzar la orilla. Milo negó con la cabeza y arrastró el bote por la playa, hasta encontrar con que amarrarlo para que les sirviera en su viaje de retorno.
Miró al pequeño cachorro, tratando de adoptar la pose de un ejemplar adulto, elegante, viéndose gracioso por los mechones, que en un principio habían parecido tan llamativos, escurriendo sobre su cabeza a causa del agua.
—No eres tan lindo como había creído —masculló, mientras realizaba un fuerte nudo, pues no quería sorpresas cuando quisieran salir de ahí.
Y entonces la pose que adoptó Aioria lo hizo ponerse alerta.
—¡Espera! —le llamó, pero Aioria, siendo el cachorro que era, parecía no tener intención de poner más atención de lo indispensable a lo que Milo decía y continuó su camino sin importarle nada más, su nariz levantándose al aire, buscando algún tipo de esencia que le fuera traída por el viento. No podía permitir que se alejara de él y prácticamente corrió detrás para no perderlo de vista.
—¿Qué estás haciendo? —llamó, sujetándolo del cuerpo a modo de abrazo, pegándolo a su pecho. —No sabemos a que nos enfrentamos... —su frente se arrugó un poco y miro a Aioria en sus brazos— Bueno, quizá tú si sepas, pero en tanto no tengamos un plan de acción será mejor permanecer en silencio.
Y quietos... aunque sabía que eso era imposible para alguno de los dos... o para los dos.
Por fortuna, pasaron sin mayor problema, el movimiento de la marea era menor ahí y al final llegaron a un claro.
—¡Hey, espera! —llamó cuando Aioria saltó al agua, y por un momento casi suelta la soga del bote para apresurarse a coger de la piel al revoltoso león, cuando lo vio mover sus patas con firmeza, hasta conseguir alcanzar la orilla. Milo negó con la cabeza y arrastró el bote por la playa, hasta encontrar con que amarrarlo para que les sirviera en su viaje de retorno.
Miró al pequeño cachorro, tratando de adoptar la pose de un ejemplar adulto, elegante, viéndose gracioso por los mechones, que en un principio habían parecido tan llamativos, escurriendo sobre su cabeza a causa del agua.
—No eres tan lindo como había creído —masculló, mientras realizaba un fuerte nudo, pues no quería sorpresas cuando quisieran salir de ahí.
Y entonces la pose que adoptó Aioria lo hizo ponerse alerta.
—¡Espera! —le llamó, pero Aioria, siendo el cachorro que era, parecía no tener intención de poner más atención de lo indispensable a lo que Milo decía y continuó su camino sin importarle nada más, su nariz levantándose al aire, buscando algún tipo de esencia que le fuera traída por el viento. No podía permitir que se alejara de él y prácticamente corrió detrás para no perderlo de vista.
—¿Qué estás haciendo? —llamó, sujetándolo del cuerpo a modo de abrazo, pegándolo a su pecho. —No sabemos a que nos enfrentamos... —su frente se arrugó un poco y miro a Aioria en sus brazos— Bueno, quizá tú si sepas, pero en tanto no tengamos un plan de acción será mejor permanecer en silencio.
Y quietos... aunque sabía que eso era imposible para alguno de los dos... o para los dos.
Re: Cabo Circeo
Cuando se sintió levantado de nuevo decidió no intentar zafarse; mientras menos movimiento tenían mas oportunidad de no asustar a aquello que desplegaba el aroma delicioso.
Miró hacia arriba al rostro de Milo, mientras le hablaba. ¡Ahora resultaba que era Aioria, al que le pedían silencio, cuando él era quien no estaba haciendo ruido!
Las hierbas hicieron otro siseo, se removieron y se quedaron quietas. Aioria dejó de poner atención a Milo. Ambos, expectantes, esperando ver qué era lo que saldría del otro lado.
-¿Oink?- "dijo" un jabalí.
Tragó duro. La boca de Aioria empezó a llenarse de saliva, entendiendo por fin que el instinto le llevó a la cena. No recodaba la última vez que comió y el pensar en probar la sabrosa carne, vísceras y grasa le hizo percatarse de cuánta hambre tenía.
Otra vez fue como si su mente se pusiera en blanco y saltó de los brazos de Milo; comenzó a perseguir a la presa. El jabalí chilló y corrió no demasiado lejos cuando el león le saltó encima. Aunque el animal era más grande y fuerte que Aioria, no resultó dar mucha batalla. El león estaba acostumbrado a ese tipo de enemigos y tenía una mejor "técnica de pelea".
Acabó sometiéndolo, con su peso encima y las patas delanteras aplastándole la tráquea; las traseras con las garras salidas en el vientre del jabalí, amenazando en desgarrarlo si el animal se movía. La baba del león comenzó a gotear en el rostro del animal, podía sentir tensarse los labios al mostrarle los colmillos. La cara del jabalí estaba a medias recargada en el suelo, sólo lo miraba con un ojo repleto de terror.
Aioria recuperó conciencia en sí mismo, dejando de jadear y cerrando el hocico; para su horror, pudo reconocer que contrario a cualquier animal que se hubiera revuelto para escapar en pos de sobrevivencia, el jabalí se había quedado absolutamente quieto y lo miraba suplicante al igual que sus chillidos que eran casi de forma... humanos.
En su asombro saltó fuera del animal; para el observador externo fue como si en realidad el jabalí hubiera conseguido liberarse porque al verse sin la amenaza encima, lo envistió en el abdomen pegándole con la cabeza y luego corrió. La costilla tronó al terminar por fracturarse lo que le obligó a quedarse quieto unos momentos tumbado en el suelo.
Miró hacia arriba al rostro de Milo, mientras le hablaba. ¡Ahora resultaba que era Aioria, al que le pedían silencio, cuando él era quien no estaba haciendo ruido!
Las hierbas hicieron otro siseo, se removieron y se quedaron quietas. Aioria dejó de poner atención a Milo. Ambos, expectantes, esperando ver qué era lo que saldría del otro lado.
-¿Oink?- "dijo" un jabalí.
Tragó duro. La boca de Aioria empezó a llenarse de saliva, entendiendo por fin que el instinto le llevó a la cena. No recodaba la última vez que comió y el pensar en probar la sabrosa carne, vísceras y grasa le hizo percatarse de cuánta hambre tenía.
Otra vez fue como si su mente se pusiera en blanco y saltó de los brazos de Milo; comenzó a perseguir a la presa. El jabalí chilló y corrió no demasiado lejos cuando el león le saltó encima. Aunque el animal era más grande y fuerte que Aioria, no resultó dar mucha batalla. El león estaba acostumbrado a ese tipo de enemigos y tenía una mejor "técnica de pelea".
Acabó sometiéndolo, con su peso encima y las patas delanteras aplastándole la tráquea; las traseras con las garras salidas en el vientre del jabalí, amenazando en desgarrarlo si el animal se movía. La baba del león comenzó a gotear en el rostro del animal, podía sentir tensarse los labios al mostrarle los colmillos. La cara del jabalí estaba a medias recargada en el suelo, sólo lo miraba con un ojo repleto de terror.
Aioria recuperó conciencia en sí mismo, dejando de jadear y cerrando el hocico; para su horror, pudo reconocer que contrario a cualquier animal que se hubiera revuelto para escapar en pos de sobrevivencia, el jabalí se había quedado absolutamente quieto y lo miraba suplicante al igual que sus chillidos que eran casi de forma... humanos.
En su asombro saltó fuera del animal; para el observador externo fue como si en realidad el jabalí hubiera conseguido liberarse porque al verse sin la amenaza encima, lo envistió en el abdomen pegándole con la cabeza y luego corrió. La costilla tronó al terminar por fracturarse lo que le obligó a quedarse quieto unos momentos tumbado en el suelo.
Re: Cabo Circeo
—¡Oye! —llamó, pero era demasiado tarde. Aioria saltó de sus brazos luego de que un pequeño jabalí saliera a su encuentro.
Era una situación cómica, si lo veías desde afuera, la forma en que había saltado y corrió a toda velocidad por un par de metros. Él mismo no supo por qué había echado a correr tras ellos pero una vez recuperó su buen juicio, observó la escena frente a él.
Extraño.
Aioria parecía haber cedido muy fácilmente al instinto de saltar sobre el jabalí, algo que habría considerado normal (considerando que eran animales) de no ser porque desde que se habían encontrado, el caballero de leo se había mostrado muy racional e incluso tenía actitudes que podía calificar de humanas, hasta ese momento.
Lo cual también tornaba extraña la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. El jabalí no se movía, aterrorizado, parecía no tener instinto de supervivencia y mientras meditaba en ello, no tuvo que intervenir cuando el propio Aioria, quien se había visto sorprendido por sus acciones, se retiró de un salto de encima del Jabalí.
Tardó en reaccionar, pensando sobre ello y fue tarde cuando volvió a acercarse a Aioria, quien permanecía inmóvil luego de un fuerte golpe que el otro animal le propinó. Se inclinó sobre él y maldijo su poco conocimiento en mamíferos.
Milo había estudiado anatomía, no en vano su técnica principal presionaba puntos específicos para infligir dolor, unos que, no por mera casualidad, terminaban por formar su constelación guía. Si se tratase de Aioria con su cuerpo normal, podría ayudar a recuperarse un poco, utilizando su cosmos, pero no sabía si podría hacerlo con el pequeño león, no quería arriesgarse sin saber la magnitud del daño o si en realidad podría ayudarlo.
Se inclinó para mirarlo.
—¿Estás bien? —le llamó. Estuvo por levantar la mano para palmear su cabeza, pero de estar él en lugar de Aioria probablemente no apreciaría el gesto—. El jabalí de hace un momento —continuó—, estoy seguro que lo notaste, quizá se trate de una persona, al igual que tú.
Decidió levantar su mano, extendiéndola con suavidad sobre el costado en donde Aioria había sido golpeado y elevó poco a poco su cosmoenergía, tratando de neutralizar el dolor. Aunque lo hizo de forma escasa, no era una técnica curativa propiamente y no sabía cómo afectaría una cantidad mayor al otro.
Buscó su cara, su mirada, para tratar de discernir si estaba actuando de manera correcta.
—Investigar esto… ¿era parte de tu misión? —preguntó—. Si el poema es correcto, debemos buscar un prado en medio de este bosque ¿lo encontraste?
Milo esperó a que contestara, haciéndose entender tal y cual lo había estado haciendo hasta ese momento, aunque la inquietud que aún le causaba el anterior comportamiento de Aioria lo hacía dudar de si recibiría respuestas, no quería pensar en si no habría sido mejor volver al santuario o buscar el consejo de alguien con mayor rango.
Tal vez su soberbia le había impedido analizar bien la situación. Ahora debían de apresurarse, porque si sus sospechas eran ciertas, tal vez para el final del día, Aioria sería más animal que hombre.
Era una situación cómica, si lo veías desde afuera, la forma en que había saltado y corrió a toda velocidad por un par de metros. Él mismo no supo por qué había echado a correr tras ellos pero una vez recuperó su buen juicio, observó la escena frente a él.
Extraño.
Aioria parecía haber cedido muy fácilmente al instinto de saltar sobre el jabalí, algo que habría considerado normal (considerando que eran animales) de no ser porque desde que se habían encontrado, el caballero de leo se había mostrado muy racional e incluso tenía actitudes que podía calificar de humanas, hasta ese momento.
Lo cual también tornaba extraña la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. El jabalí no se movía, aterrorizado, parecía no tener instinto de supervivencia y mientras meditaba en ello, no tuvo que intervenir cuando el propio Aioria, quien se había visto sorprendido por sus acciones, se retiró de un salto de encima del Jabalí.
Tardó en reaccionar, pensando sobre ello y fue tarde cuando volvió a acercarse a Aioria, quien permanecía inmóvil luego de un fuerte golpe que el otro animal le propinó. Se inclinó sobre él y maldijo su poco conocimiento en mamíferos.
Milo había estudiado anatomía, no en vano su técnica principal presionaba puntos específicos para infligir dolor, unos que, no por mera casualidad, terminaban por formar su constelación guía. Si se tratase de Aioria con su cuerpo normal, podría ayudar a recuperarse un poco, utilizando su cosmos, pero no sabía si podría hacerlo con el pequeño león, no quería arriesgarse sin saber la magnitud del daño o si en realidad podría ayudarlo.
Se inclinó para mirarlo.
—¿Estás bien? —le llamó. Estuvo por levantar la mano para palmear su cabeza, pero de estar él en lugar de Aioria probablemente no apreciaría el gesto—. El jabalí de hace un momento —continuó—, estoy seguro que lo notaste, quizá se trate de una persona, al igual que tú.
Decidió levantar su mano, extendiéndola con suavidad sobre el costado en donde Aioria había sido golpeado y elevó poco a poco su cosmoenergía, tratando de neutralizar el dolor. Aunque lo hizo de forma escasa, no era una técnica curativa propiamente y no sabía cómo afectaría una cantidad mayor al otro.
Buscó su cara, su mirada, para tratar de discernir si estaba actuando de manera correcta.
—Investigar esto… ¿era parte de tu misión? —preguntó—. Si el poema es correcto, debemos buscar un prado en medio de este bosque ¿lo encontraste?
Milo esperó a que contestara, haciéndose entender tal y cual lo había estado haciendo hasta ese momento, aunque la inquietud que aún le causaba el anterior comportamiento de Aioria lo hacía dudar de si recibiría respuestas, no quería pensar en si no habría sido mejor volver al santuario o buscar el consejo de alguien con mayor rango.
Tal vez su soberbia le había impedido analizar bien la situación. Ahora debían de apresurarse, porque si sus sospechas eran ciertas, tal vez para el final del día, Aioria sería más animal que hombre.
Re: Cabo Circeo
Ese lapso donde su razón estuvo perdida y el instinto animal ocupó su lugar, lo había preocupado. Como esta vez se dio cuenta, ahora podía darse una idea de que, parte de los recuerdos difusos o lagunas, podrían ser a causa de su transformación. Cada vez era más frecuente esa disociación. Temía que de a poco la transformación se estuviese haciendo permanente más rápido de lo esperado. Él no importaba tanto; le preocupaba perder la razón antes de resolver los problemas.
La sombra de Milo se cernió sobre él. Qué vergonzoso. Picaba bastante al orgullo. Aunque fuese prácticamente su familia, Milo también era un compañero de armas y un amigo que respetaba, además ahora era testigo de su ignominia; sin duda difícilmente podría cambiar la opinión de Milo si era mala.
Al asentir mintió sobre su estado, pero no se movió, valorando si había más lesiones. Asintió también acerca del jabalí, contentándose con que Milo, se había dado cuenta del otro desafortunado. Por supuesto su aspecto era tan lamentable que Milo, se percató de que mentía. La tensión en su cuerpo disminuyó cuando desapareció parte del dolor gracias a la calidez del cosmos del otro, asintiendo o negando a las preguntas; ¡ojalá pudiera completar las respuestas!
Si, era parte, aunque la misión era encontrar a todas las personas desaparecidas e investigar la extraña fluctuación de energía en la zona resolviendo el problema. Si, había encontrado el prado y lo que generó todo, pero no recordaba qué, ni la ubicación exacta. No, la armadura no estaba ahí, sino cerca de donde estaban.
Se sentó y suspiró molesto. Incluso si estaba molesto por su condición no era culpa del rubio, sino todo lo contrario. Así que agradecido puso una pata sobre la mano del caballero y sin apartar la mirada de sus ojos, bajó un poco la cabeza en señal de agradecimiento y disculpa por su actitud. Ojalá la acción lo explicase, su mal humor era por la molestia en su cuerpo pero sobre todo por su condición, no por él. Aunque no tenía casi dolor, sabía que la lesión continuaba en sus costillas. Él mismo usaba ese tipo de técnicas ya sea de sanación parcial o disminución de dolor.
Dibujó nuevamente el cuadrado y el símbolo de león, observando a Milo y echó a correr observando los árboles. Algunos los reconocía por su tamaño y posición; entonces se acercó a un grupo que estaba bordeado de algunas flores. Se paró en dos patas, enseñando a Milo, que casi en la base del tronco había un rastro de garras. Confiaba en que Milo lo ayudara, si a él se le perdía alguna marca.
No tardaron mucho cuando llegaron a un amasijo de arbustos y ramas revueltos, cerca de una formación de rocas. Parecía casualidad, como si las gruesas ramas se hubieran roto y caído de un alto árbol cercano. De a poco, comenzó a quitarlas para exponer un agujero que llevaba hacia una cueva.
La sombra de Milo se cernió sobre él. Qué vergonzoso. Picaba bastante al orgullo. Aunque fuese prácticamente su familia, Milo también era un compañero de armas y un amigo que respetaba, además ahora era testigo de su ignominia; sin duda difícilmente podría cambiar la opinión de Milo si era mala.
Al asentir mintió sobre su estado, pero no se movió, valorando si había más lesiones. Asintió también acerca del jabalí, contentándose con que Milo, se había dado cuenta del otro desafortunado. Por supuesto su aspecto era tan lamentable que Milo, se percató de que mentía. La tensión en su cuerpo disminuyó cuando desapareció parte del dolor gracias a la calidez del cosmos del otro, asintiendo o negando a las preguntas; ¡ojalá pudiera completar las respuestas!
Si, era parte, aunque la misión era encontrar a todas las personas desaparecidas e investigar la extraña fluctuación de energía en la zona resolviendo el problema. Si, había encontrado el prado y lo que generó todo, pero no recordaba qué, ni la ubicación exacta. No, la armadura no estaba ahí, sino cerca de donde estaban.
Se sentó y suspiró molesto. Incluso si estaba molesto por su condición no era culpa del rubio, sino todo lo contrario. Así que agradecido puso una pata sobre la mano del caballero y sin apartar la mirada de sus ojos, bajó un poco la cabeza en señal de agradecimiento y disculpa por su actitud. Ojalá la acción lo explicase, su mal humor era por la molestia en su cuerpo pero sobre todo por su condición, no por él. Aunque no tenía casi dolor, sabía que la lesión continuaba en sus costillas. Él mismo usaba ese tipo de técnicas ya sea de sanación parcial o disminución de dolor.
Dibujó nuevamente el cuadrado y el símbolo de león, observando a Milo y echó a correr observando los árboles. Algunos los reconocía por su tamaño y posición; entonces se acercó a un grupo que estaba bordeado de algunas flores. Se paró en dos patas, enseñando a Milo, que casi en la base del tronco había un rastro de garras. Confiaba en que Milo lo ayudara, si a él se le perdía alguna marca.
No tardaron mucho cuando llegaron a un amasijo de arbustos y ramas revueltos, cerca de una formación de rocas. Parecía casualidad, como si las gruesas ramas se hubieran roto y caído de un alto árbol cercano. De a poco, comenzó a quitarlas para exponer un agujero que llevaba hacia una cueva.
Re: Cabo Circeo
No sabía que esperar. Mirando a Aiorira, guiándolo a algún lugar, se preguntaba cuanto tiempo llevaba con esa misión, cuál había sido la orden principal y hasta qué punto había llegado antes de que las cosas se tornaran de aquella manera.
Habían caminado bastante para llegar a la entrada de aquella cueva desde que desembarcaran. La única manera que tuvo Aioria para salir de ahí debió haber sido nadando, lo cual, dada su condición con seguridad se trató de una empresa casi imposible de lograr y encima de ello, había caminado un largo trecho para llegar al punto en el que se encontró con Milo.
Se adentró, siguiéndolo una vez más, la caverna estaba oscura, había algunos pasajes que parecían estarlo aún más, con seguridad porque se cerraban al terminar, sin tener salida alguna. Por fortuna, Aioria parecía conocer el camino, guiándose quizá por instinto, o porque previamente había investigado el lugar. De ser así, su sospecha de que se trataba de una encomienda larga era correcta.
Cuando al final se detuvo en un recodo, caminando sólo un par de metros más, encontraron escondida tras de una especie de columnas de piedra la caja de la armadura del caballero de leo.
Milo miró a Aioria y le sonrió, travieso.
—Será un poco complicado para ti cargarla —le dijo, colocando por un momento su mano sobre la caja—. Aquí parece ser estará segura. ¿Qué tal si volvemos por ella después? —a pesar de que había comenzado con un leve tono burlón, le miró, tratando de demostrarle que sus palabras no tenían dobles intenciones. No quiso decir algo como “cuando puedas portarla”, porque esas palabras sonaban incluso crueles, y quizá Aioria entendería que lo tachaba de alguien indigno -y por eso no había podido abrir siquiera la caja-, cuando en realidad era una cuestión de practicidad, no sabían que se encontrarían más adelante, él por su parte, ni siquiera había podido acercarse a la vestidura por la que tanto entrenaba.
Aioria parecía estar de acuerdo o si no lo estuvo no lo demostró.
Continuaron el camino hasta salir de la cueva. Si la historia del libro era cierta debía encontrar un palacio cerca de ahí, pero a diferencia de lo que imaginó, se toparon con un pueblo en apariencia tranquilo. Eso le pareció extraño.
No estaba muy informado sobre esa zona en específico, pero el único atractivo que tenía desde hacía años era precisamente el que estaba ligado a los relatos antiguos, lo que lo hacía una zona turística olvidada en el que la población local debería ser escasa, si no es que nula, por lo que aquel pequeño poblado parecía tan fuera de lugar, que todo en él gritaba lo peligroso que sería adentrarse a ese sitio.
—¿Con qué es ahí a donde vamos, eh? —preguntó, aunque no porque quisiera una respuesta en realidad, con paso firme se encaminó hacia lo que parecía la taberna del pueblo, después de todo, debería ser el lugar que más personas concentraría y tal vez ahí encontrarían alguna pista que los ayudara con el problema de Aioria.
Habían caminado bastante para llegar a la entrada de aquella cueva desde que desembarcaran. La única manera que tuvo Aioria para salir de ahí debió haber sido nadando, lo cual, dada su condición con seguridad se trató de una empresa casi imposible de lograr y encima de ello, había caminado un largo trecho para llegar al punto en el que se encontró con Milo.
Se adentró, siguiéndolo una vez más, la caverna estaba oscura, había algunos pasajes que parecían estarlo aún más, con seguridad porque se cerraban al terminar, sin tener salida alguna. Por fortuna, Aioria parecía conocer el camino, guiándose quizá por instinto, o porque previamente había investigado el lugar. De ser así, su sospecha de que se trataba de una encomienda larga era correcta.
Cuando al final se detuvo en un recodo, caminando sólo un par de metros más, encontraron escondida tras de una especie de columnas de piedra la caja de la armadura del caballero de leo.
Milo miró a Aioria y le sonrió, travieso.
—Será un poco complicado para ti cargarla —le dijo, colocando por un momento su mano sobre la caja—. Aquí parece ser estará segura. ¿Qué tal si volvemos por ella después? —a pesar de que había comenzado con un leve tono burlón, le miró, tratando de demostrarle que sus palabras no tenían dobles intenciones. No quiso decir algo como “cuando puedas portarla”, porque esas palabras sonaban incluso crueles, y quizá Aioria entendería que lo tachaba de alguien indigno -y por eso no había podido abrir siquiera la caja-, cuando en realidad era una cuestión de practicidad, no sabían que se encontrarían más adelante, él por su parte, ni siquiera había podido acercarse a la vestidura por la que tanto entrenaba.
Aioria parecía estar de acuerdo o si no lo estuvo no lo demostró.
Continuaron el camino hasta salir de la cueva. Si la historia del libro era cierta debía encontrar un palacio cerca de ahí, pero a diferencia de lo que imaginó, se toparon con un pueblo en apariencia tranquilo. Eso le pareció extraño.
No estaba muy informado sobre esa zona en específico, pero el único atractivo que tenía desde hacía años era precisamente el que estaba ligado a los relatos antiguos, lo que lo hacía una zona turística olvidada en el que la población local debería ser escasa, si no es que nula, por lo que aquel pequeño poblado parecía tan fuera de lugar, que todo en él gritaba lo peligroso que sería adentrarse a ese sitio.
—¿Con qué es ahí a donde vamos, eh? —preguntó, aunque no porque quisiera una respuesta en realidad, con paso firme se encaminó hacia lo que parecía la taberna del pueblo, después de todo, debería ser el lugar que más personas concentraría y tal vez ahí encontrarían alguna pista que los ayudara con el problema de Aioria.
Re: Cabo Circeo
Fue una suerte que la mente no le estuviera jugando malas pasadas por el momento; dejando de lado las lagunas, había dejado marcas que medio reconocía y Milo ayudó a suplir lo que su mente no alcanzaba a conectar, incluso cuando él mismo lo había puesto. Estando de acuerdo con Milo, la armadura quedó en su escondite mientras ellos partieron al nuevo punto de la isla.
No sabe cómo no lo notó antes; una especie de olor pesado; puede escuchar los trinos de las aves, sentir la caricia del aire veraniego. Pero no es más que podredumbre encubierta de aromas suaves de flores y campo. Se replegó en las casas con la esperanza de esconder su paso en las sombras y espacios; observando que no había el mismo bullicio y mucho menos la cantidad de gente atareada que cuando él llegó. Caminó entonces junto a Milo, que se dirigía hacia la taberna. El caballero tenía buenos instintos.
Aioria había tardado más días, primero recorriendo los alrededores del bosque y la cueva, para intentar hallar pistas además de conocer el terreno; encontró la cueva y puntos importantes para evacuar el pueblo de forma segura entre otras circunstancias previas a la investigación entre los lugareños. Visitó la taberna cada noche, por ser comúnmente el lugar donde los varones se reunían, tras algún día o semana pesada.
Fingiendo ser un muy curioso aunque discreto visitante, encantado por el misterio de las desapariciones, en el pueblo había tardado en que le dieran información; el disimulado miedo latente los hacía callar. Costó mucho labor de convencimiento y todo el encanto que Aioria podía explotar; pero después de comprarles algunos tragos a cansados pescadores y campesinos, pudo obtener información de susurrantes temerosos testimonios y nombres de desaparecidos.
Su mente de repente se quedó en blanco; al “volver” se fijó en que habían avanzado bastante y al menos se había limitado a caminar al lado de Milo, en vez de correr estúpidamente de nuevo. Mientras más tiempo pasaba así, más tiempo perdía su capacidad de razón. Esperaba que Milo no se diera cuenta. Tenía una sensación extraña en la piel ¿lo habría cargado de nuevo ó era otra cosa?. Centrándose de nuevo intentó recordar; fue inútil.
No sabía en cuál noche de las tantas en que visitó la taberna, se percató del patrón, ni tampoco después de usarse como cebo, cuándo había logrado dar con los culpables.
Olisqueó de nuevo; su instinto queriéndole gritar algo que lo tensaba, aunque no sabía decir qué era. Este era un mal lugar, donde la gente como él, distinguiría el olor a muerte lenta. Observando cada vez movimiento y aumentar el número de personas, se escondió en el espacio entre dos casas, al lado de la la taberna. Además de sombra, había un pequeño bulto de paja y cajas con utensilios que bien servirían para ocultarlo mientras esperaba a Milo. Por supuesto el león no iba a poder entrar en la taberna. Percibió un aroma específico que le hizo arrugar la nariz y mostrar dientes. Aunque distinguía una mezcla de sándalo con otras hierbas, de alguna manera le hizo sentir una especie de recuerdo ligado a malas experiencias.
Un flash en su mente… el aroma de un incensario; mujeres y hombres a su alrededor en una conversación; bebida y luego era precisamente cuando todo se ponía extraño… borroso… el aroma nauseabundo…
No quería salir y arruinar la oportunidad de Milo. Se asomó por una ventana lo más discreto que pudo, intentó hacer movimientos para llamarle la atención, sin alertar a los demás y desde lejos cubrió su nariz. Esperaba no verse tan estúpidamente ridículo y... Maldita sea… tonto, una y mil veces, ¿Por qué no recordó antes, que el olor tenía mucho que ver con lo que pasó?...la diosa quiera que le entendiera.
No sabe cómo no lo notó antes; una especie de olor pesado; puede escuchar los trinos de las aves, sentir la caricia del aire veraniego. Pero no es más que podredumbre encubierta de aromas suaves de flores y campo. Se replegó en las casas con la esperanza de esconder su paso en las sombras y espacios; observando que no había el mismo bullicio y mucho menos la cantidad de gente atareada que cuando él llegó. Caminó entonces junto a Milo, que se dirigía hacia la taberna. El caballero tenía buenos instintos.
Aioria había tardado más días, primero recorriendo los alrededores del bosque y la cueva, para intentar hallar pistas además de conocer el terreno; encontró la cueva y puntos importantes para evacuar el pueblo de forma segura entre otras circunstancias previas a la investigación entre los lugareños. Visitó la taberna cada noche, por ser comúnmente el lugar donde los varones se reunían, tras algún día o semana pesada.
Fingiendo ser un muy curioso aunque discreto visitante, encantado por el misterio de las desapariciones, en el pueblo había tardado en que le dieran información; el disimulado miedo latente los hacía callar. Costó mucho labor de convencimiento y todo el encanto que Aioria podía explotar; pero después de comprarles algunos tragos a cansados pescadores y campesinos, pudo obtener información de susurrantes temerosos testimonios y nombres de desaparecidos.
Su mente de repente se quedó en blanco; al “volver” se fijó en que habían avanzado bastante y al menos se había limitado a caminar al lado de Milo, en vez de correr estúpidamente de nuevo. Mientras más tiempo pasaba así, más tiempo perdía su capacidad de razón. Esperaba que Milo no se diera cuenta. Tenía una sensación extraña en la piel ¿lo habría cargado de nuevo ó era otra cosa?. Centrándose de nuevo intentó recordar; fue inútil.
No sabía en cuál noche de las tantas en que visitó la taberna, se percató del patrón, ni tampoco después de usarse como cebo, cuándo había logrado dar con los culpables.
Olisqueó de nuevo; su instinto queriéndole gritar algo que lo tensaba, aunque no sabía decir qué era. Este era un mal lugar, donde la gente como él, distinguiría el olor a muerte lenta. Observando cada vez movimiento y aumentar el número de personas, se escondió en el espacio entre dos casas, al lado de la la taberna. Además de sombra, había un pequeño bulto de paja y cajas con utensilios que bien servirían para ocultarlo mientras esperaba a Milo. Por supuesto el león no iba a poder entrar en la taberna. Percibió un aroma específico que le hizo arrugar la nariz y mostrar dientes. Aunque distinguía una mezcla de sándalo con otras hierbas, de alguna manera le hizo sentir una especie de recuerdo ligado a malas experiencias.
Un flash en su mente… el aroma de un incensario; mujeres y hombres a su alrededor en una conversación; bebida y luego era precisamente cuando todo se ponía extraño… borroso… el aroma nauseabundo…
No quería salir y arruinar la oportunidad de Milo. Se asomó por una ventana lo más discreto que pudo, intentó hacer movimientos para llamarle la atención, sin alertar a los demás y desde lejos cubrió su nariz. Esperaba no verse tan estúpidamente ridículo y... Maldita sea… tonto, una y mil veces, ¿Por qué no recordó antes, que el olor tenía mucho que ver con lo que pasó?...la diosa quiera que le entendiera.
Re: Cabo Circeo
Pueblo vacío. Taberna en similares condiciones… o al menos eso creyó que encontraría. Contrario a lo que esperaba, el lugar se veía bastante agradable, acogedor, incluso un poco lujoso si debía ser sincero.
Aioria se quedó fuera, asomándose como podía por una de las ventanas a la que ocasionalmente Milo miraba de reojo.
El aire se sentía tibio y había un olor extraño que apenas se percibía entre el aroma agrio de la cerveza. Cuando notó que Aioria se llevaba las patas a la cara y tapaba su nariz (de una manera graciosa que lo hizo fruncir el ceño), entendió.
A partir de eso trató de controlar su respiración, se sentó en una esquina en donde podía mirar lo que sucedía en el salón. Afortunadamente, la mayoría de las personas ahí parecían mantener su atención puesta en un par de sujetos que se habían pasado de copas y reían por cualquier cosa que les dijeran.
Varios minutos después, Milo se sintió un poco mareado, sabía que tenía que salir de ahí, pero entonces el par de hombres se desplomaron sobre la mesa, inconscientes. Su primer instinto fue levantarse e ir a ayudarlos, pero cuando tres hombres de hombros anchos se acercaron y los cargaron echándoselos a los hombros como si fueran simples costales de papas, se detuvo.
Esperaría a que se alejaran un poco y luego los seguiría.
Pero uno de ellos giró para mirarlo y Milo trató de disimular la turbación que lo asaltó cuando notó la cara deforme del hombre. Tenía rasgos animales. Parpadeó varias veces antes de percatarse que todos en la taberna, a excepción de los hombres inconscientes y de un par en otra de las mesas tenían alguna característica animal, incluso el niño que le miraba insistente.
“Ayuda”
Gesticuló sin dejar de mirar a Milo. El hombre con rasgos de toro en el rostro se giró para encaminarse hacia ellos.
—Se nos acabó el estofado, pero aún hay pan y queso —el niño le tendió lo que ofrecía y le sonrió, mientras Milo tomaba la comida, manteniéndose imperturbable.
—Gracias —masculló, llevándose un trozo de pan a la boca, le sonrió de vuelta al niño. Aioria por su parte hacía gestos para que no tragara lo que se había echado a la boca y con un poco de dificultad, se las arregló para escupirlo en la servilleta, luego de fingir haber tragado.
Por fortuna los hombres salieron y valiéndose de este pequeño lapso de tiempo el niño volvió a acercarse a Milo:
—El baño está al final del pasillo, se lo mostraré —el niño comenzó a caminar y Milo se levantó para seguirlo y movió la cabeza haciendo un gesto a Aioria para que intentara encontrarlos. El niño lo sacó por una puerta lateral al patio trasero, escondiéndose detrás de unos barriles.
Aioria se quedó fuera, asomándose como podía por una de las ventanas a la que ocasionalmente Milo miraba de reojo.
El aire se sentía tibio y había un olor extraño que apenas se percibía entre el aroma agrio de la cerveza. Cuando notó que Aioria se llevaba las patas a la cara y tapaba su nariz (de una manera graciosa que lo hizo fruncir el ceño), entendió.
A partir de eso trató de controlar su respiración, se sentó en una esquina en donde podía mirar lo que sucedía en el salón. Afortunadamente, la mayoría de las personas ahí parecían mantener su atención puesta en un par de sujetos que se habían pasado de copas y reían por cualquier cosa que les dijeran.
Varios minutos después, Milo se sintió un poco mareado, sabía que tenía que salir de ahí, pero entonces el par de hombres se desplomaron sobre la mesa, inconscientes. Su primer instinto fue levantarse e ir a ayudarlos, pero cuando tres hombres de hombros anchos se acercaron y los cargaron echándoselos a los hombros como si fueran simples costales de papas, se detuvo.
Esperaría a que se alejaran un poco y luego los seguiría.
Pero uno de ellos giró para mirarlo y Milo trató de disimular la turbación que lo asaltó cuando notó la cara deforme del hombre. Tenía rasgos animales. Parpadeó varias veces antes de percatarse que todos en la taberna, a excepción de los hombres inconscientes y de un par en otra de las mesas tenían alguna característica animal, incluso el niño que le miraba insistente.
“Ayuda”
Gesticuló sin dejar de mirar a Milo. El hombre con rasgos de toro en el rostro se giró para encaminarse hacia ellos.
—Se nos acabó el estofado, pero aún hay pan y queso —el niño le tendió lo que ofrecía y le sonrió, mientras Milo tomaba la comida, manteniéndose imperturbable.
—Gracias —masculló, llevándose un trozo de pan a la boca, le sonrió de vuelta al niño. Aioria por su parte hacía gestos para que no tragara lo que se había echado a la boca y con un poco de dificultad, se las arregló para escupirlo en la servilleta, luego de fingir haber tragado.
Por fortuna los hombres salieron y valiéndose de este pequeño lapso de tiempo el niño volvió a acercarse a Milo:
—El baño está al final del pasillo, se lo mostraré —el niño comenzó a caminar y Milo se levantó para seguirlo y movió la cabeza haciendo un gesto a Aioria para que intentara encontrarlos. El niño lo sacó por una puerta lateral al patio trasero, escondiéndose detrás de unos barriles.
Re: Cabo Circeo
Viendo el gesto de Milo, se agachó y avanzó pecho tierra, esperando no ser visto por los hombres que llevaban a los otros en sus hombros. Había una estrecha separación entre una construcción de madera y la taberna, presumiblemente era donde guardaban víveres (se tuvo que concentrar mucho en no hacer caso a su estómago y olfato, para no perder razón de nuevo); avanzó a través del estrecho, hasta la parte posterior del lugar.
Cauteloso se asomó de lado a lado y al no ver nada relevante, se apuró hacia donde el rastro de Milo era más fuerte. Pudo percibir que su aroma había cambiado, aunque su esencia y cosmos aún era el mismo.
Esperaba no haberse equivocado. Sus orejas se movieron atrás y adelante, ante el susurro distinguible de la suela arrastrándose en el piso y avanzó hasta los barriles, escondiéndose detrás de ellos de inmediato.
Frenó de golpe para no chocar su rostro que quedó frente al del niño; ojos grandes, felinos, observándose entre sí.
Por un momento tuvo una especie de deja vú, aunque no podría decir con exactitud en dónde había visto a la criatura. Los ojos de Aioria, cambiaron ensanchándose un poco; observando sin querer con ternura inevitable de pupilas dilatadas, la carita sorprendida del pequeño.
Esperando que el niño no se asustara al verlo, se sentó en el suelo en una actitud mansa para mostrarle que no le haría daño. Observó a Milo, aliviado de que se veía muy poco perturbado por fortuna; los ojos del león interrogantes sobre lo que notó y por qué estaban ahí.
Cauteloso se asomó de lado a lado y al no ver nada relevante, se apuró hacia donde el rastro de Milo era más fuerte. Pudo percibir que su aroma había cambiado, aunque su esencia y cosmos aún era el mismo.
Esperaba no haberse equivocado. Sus orejas se movieron atrás y adelante, ante el susurro distinguible de la suela arrastrándose en el piso y avanzó hasta los barriles, escondiéndose detrás de ellos de inmediato.
Frenó de golpe para no chocar su rostro que quedó frente al del niño; ojos grandes, felinos, observándose entre sí.
Por un momento tuvo una especie de deja vú, aunque no podría decir con exactitud en dónde había visto a la criatura. Los ojos de Aioria, cambiaron ensanchándose un poco; observando sin querer con ternura inevitable de pupilas dilatadas, la carita sorprendida del pequeño.
Esperando que el niño no se asustara al verlo, se sentó en el suelo en una actitud mansa para mostrarle que no le haría daño. Observó a Milo, aliviado de que se veía muy poco perturbado por fortuna; los ojos del león interrogantes sobre lo que notó y por qué estaban ahí.



