En la medida que escuchaba al joven explayarse, su atención era captada por detalles que le resultaron de interés. Saber que el muchacho, de nombre Ebizu, era nipón la causó curiosidad. No era la primera vez que japoneses habían servido a los dioses de Grecia, aunque de todas formas le generaba un tanto de orgullo que extranjeros fueran elegidos por la divina providencia para laborar en la sagrada misión que iba en beneficio de aquellas tierras que fungieron como base de la cultura occidental en los anales de la historia, y de la que él formaba parte central como noble exiliado y ahora verdadero Dios del Sol.
La decencia del muchacho le generó una buena impresión, al igual que la manera adherida a la debida cortesía en la que se dirigía a él como su Dios. Además de jurarle lealtad, se comprometía a que su condición no afectaría el ejercicio de sus funciones. Loukas lo miró atentamente pensando si Ebizu contaba con las aptitudes para respaldar sus palabras. Si lo narrado por él era cierto, no sería una decepción después de todo, por lo menos no en primera instancia. No obstante, todo lo relatado respecto a la irrupción en la Corona Solar del tal Akonel, actual recipiente de Ares, Dios de la Guerra molestó a Loukas. A pesar de ello, la decisión tomada por Ebizu, independientemente de lo reprochable que le resultara, podría ser de utilidad.
Manteniendo una fachada de serenidad, Loukas observó a Ebizu por unos segundos previo a decirle con el mismo tono estoico que había estado utilizando: “¿Entonces, el Olimpo osa venir a trazar pautas en mi reino? Al haberse tomado el atrevimiento de adentrarse en mi reino, la Corona Solar, valiéndose de mi ausencia para amenazar a uno de mis guerreros de muerte, y tomar como pretexto un supuesto entrenamiento para obviamente evaluar la calidad de nuestros soldados, me queda claro que ese tío, el tal Akonel, no es de fiar. Bajo otras circunstancias, consideraría tu decisión de ir con él como alta traición… La paga de ese pecado sería la ejecución sumaria, pero, por suerte, tu pequeño error podría sernos de provecho”.
Una ligera sonrisa se esbozo en su rostro, al tiempo que su cosmos empezó a arder viéndose como un aura luminosa y destellante que emanaba de su cuerpo, con un brillo semejante al del Sol al mediodía, llegando incluso a dar la impresión de que el gran astro ardía con mayor intensidad. Levantó su puño derecho, arqueándolo hacia su hombre izquierdo, y luego hizo un ademán en el que lo bajó repentinamente abriendo su mano y dejándola a la altura de su cintura, a la vez que expresó enérgicamente: “Ya que pudiste poner a prueba tus capacidades en el Olimpo, tu visita, por breve que haya sido, nos sirve como un primer acercamiento, así como un levantamiento inicial de inteligencia… Deberás relatarme todos aquellos datos e informaciones que nos permitan tener una mayor comprensión del lugar donde te dirigiste, al igual que del recipiente ese de Ares… No es de sorprenderse que el Dios de la guerra ingenuamente se busque crear un conflicto innecesario… ¡De cierto te digo que como vuelvan a entrar aquí sin mi permiso, se van a enterar! ¡Venga, ponte en pie! ¡Tu decencia y buen desenvolvimiento te han ganado una bienvenida formal de parte mía! Me agrada que no seas un fanático, porque esos gilipollas suelen ser ciegos en espíritu y en verdad, siendo tontos útiles esclavizados por la manipulación emocional de un megalómano… Si careces de apellidos por decisión propia, no te lo reprocharé… Todo eso es parte de tu vida pasada… ¡Ahora eres Ebizu de Lince, y es el único nombre que ha de ser de relevancia para ti! ¡Siéntete exaltado, chaval!”.
Seguidamente, Loukas retornó a su trono, tomando asiento sobre él. Los efectos generados por el incremento que hubo en su cosmos fueron cediendo en la medida que se calmó, por lo que la luminosidad y la temperatura retornaron a los parámetros normales de la Corona Solar. Depositó la mirada una vez más sobre Ebizu, y con una ligera sonrisa en el rostro, le dijo: “¡Hala, que no se te olvide la tarea de aseo que te asigné! También te recomiendo que te bañes… Del mismo modo, estaré esperando ese reporte… También, has de patrullar el reino… Todo ente desconocido que introduzca en nuestro territorio sin permiso de entrada habrá de ser detenido, interrogado y dependiendo de lo que responda ha de ser reconducido de regreso al lugar de donde vino, o, en caso de que represente una amenaza, neutralizado… Una vez termines con esas labores, puedes fiarte de tu criterio…”.
Loukas hizo una breve pausa, pensando mientras evaluaba una idea con la que estaba coqueteando, por lo que al cabo de unos breves segundos, dijo: “Ahora que lo pienso, representas una ventaja para fines de espionaje, dado que, por tu condición, es probable que muchos opten por descartarte como una amenaza, lo que facilitaría que veas de primera mano que está sucediendo en otros reinos… Claro, tengo otras formas de naturaleza más divina para darle seguimiento a esos temas, pero el reconocimiento de campo nunca está de más… Eso sería todo por el momento, Ebizu de Lince… No me decepciones…”.
Eran pocos, pero la calidad de la labor realizada, de la mano con la adopción de medidas preventivas, y una debida planificación estratégica era vital para cumplir con los objetivos que se habían trazado. Loukas esperaba que Ebizu entendiera la importancia de efectuar adecuadamente las tareas que le fueron encomendadas para garantizar el éxito del ascenso de la Corona Solar como poder hegemónico entre los reinos.