
Egipto.
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Rhiannon Verified
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Re: Egipto.
OFF ROL: -Previo a conocer a Hades-
Crónicas espectrales: Cuando el deber llama. [Pandora|Wyvern]
—Soy un espectro, Nidhogg, soy... un dragón del inframundo... —Mira sus manos y dedos, las falanges media y distal visibles, contrastando la piel blanca contra la armadura oscura. — y se siente... bien. —Sus puños se cierran, parpadea sorprendida dirigiendo ahora el rostro hacia la hermosa bestia y le sonríe. —Ustedes siempre lo supieron, ¿verdad?
Porque siempre la habían visto como un “dragón pequeño”, no aquellos dragones que ponían palabras en su mente para comunicarse, sino aquellos que ponían imágenes oníricas en su mente para darse a entender. Los dragones eran sabios en su vejez, algunos en su magnificencia mágica, pero Rhiannon nunca se imaginó que se refirieran a esto.
La parte odiosa de su alma, la que siempre le anuncia que está mal, el sentirse algo tan bien, está molesta de nuevo. Su momento se amarga cuando llega rápidamente a la intelección de que esto no es un premio, es un castigo: Debería serlo cuando ha fracasado tantas veces, tantas vidas; y debe sentirse peor que estar castigada en el infierno, serviendo al rey del Inframundo.
Pero no es así, y quizá en esa disyuntiva, en esa constante pelea interna, este parte del castigo en sí mismo.
Aplasta al instante ese pensamiento porque el castillo se ha vuelto loco en arreglos y limpieza, “para esperar a nuestra señora” habían dicho. No sabe cómo sabrían, no tiene idea de cómo sea el funcionamiento interno exactamente, pero le habían encomendado la tarea de buscarla. Era el único espectro que había despertado después de todo.
Su antiguamente oficial superior había dudado en darle la orden, también fue bastante satisfactorio el que los papeles hubieran cambiado de repente. No replicó; aceptó el mapa y la última orden del hombre y partió. Era su deber.
Había puesto una montura que le ayudase para su misión, porque estaba segura que la Princesa del Inframundo probablemente no estaría muy acostumbrada a este tipo de viaje; además la iba a traer quisiera o no. Había asegurado a ella una mochila con necesidades básicas para el viaje y por supuesto, una buena botella de Whisky para las noches frías. Bebió un sorbo que le caló la garganta antes de guardarla. Había montado a lomos de Nidhogg pocas millas, cuando permitió que las alas de la armadura se desplegaran y por fin, por fin voló al lado del dragón.
Sintió el cambio en las mareas y el viento, había aprendido acerca de los cambios en ellos y surcarlos aunque fuera por alas que no fuesen las suyas. Su corazón palpitaba fuerte en su caja torácica, no de miedo, sino de emoción.
Aplastó la buena sensación y su sonrisa, pensando en que precisamente así es como debería sentirse el preludio a un castigo, bajo la amenaza constante de que se quite tanta felicidad y dicha.
Como fuese... iba a disfrutar ese momento y espacio único, observando el cielo estrellado como un manto protector, única capa de gases que los protegía del abismo del vacío del espacio; el mar debajo, con las olas dejando surcos blancos como olanes de plata hecho de hilos de luna.
Bajó hasta poder meter sus dedos en el agua, disfrutando de las gotas que saltaban a su rostro. El dragón planeó bajo también, haciendo que el mar se abriera en su superficie y ella dejara de tocar el agua. Sonrió, como al unísono habían hecho una curva ascendente y continuaron su camino sin pausa, hasta que Nidhogg decidió bajar en una zona descampada.
Varios días duró su viaje, hasta que llegaron a Egipto. Lo positivo de tener sus propias alas, es que Nidhogg podía quedarse en el desierto a esperar, libre de las miradas estupefactas de los humanos y por tanto, de la histeria de las pocas poblaciones que quedaban.
Con sus pies en la arena, había concentrado su cosmos. Casi podía verla en su mente; tuvo un inevitable estremecimiento al sentir su poder, más que por la energía, por la forma en que aplastó la especie de reconocimiento de haberla encontrado de nuevo, en otra vida. Ojalá fuera la última...
Las poblaciones en renacimiento, tenían formas... especiales de hacerlo. Algunas se aferraban a las costumbres, otras se habían aferrado a su vez a los sistemas sociales que habían llevado al mundo no por los dioses sino por las manos de los hombres a la destrucción de la naturaleza, y al ser poseedores del dinero estaban creando de nuevo ciudades y sus imperios ya fuesen criminales o “legales” pero de todas formas absurdamente dañinos para ellos y el mundo donde vivían.
Pandora había decidido vivir en los primeros, pero por supuesto no sería una mujer promedio. Hades no quisiera que fuera hija de campesinos, no. Abrió las alas y fue a la especie de fortaleza fuertemente custodiada. Princesa de principio a fin. Era curioso cómo habiendo centinelas en las torres, no miraban hacia los cielos, esperando las amenazas de la tierra. El temor a otros seres humanos aún cuando los dioses habían devastado casi el mundo...
Se dejó caer sobre el techo en una zona vacía y bajó hasta el balcón; lo cierto es que no pensaba que los guardias fueran un desafío real, pero prefería hacer las cosas lo más silenciosamente posible.
Las puertas del balcón se abrieron, se quedó tras las muy delgadas cortinas, aún sin atreverse a entrar. Se quitó el casco y puso una rodilla en el suelo, silenciosa exceptuando la armadura misma cuyas alas rascaron el suelo al inclinarse, esperando a que ella dijera la primera palabra.
Crónicas espectrales: Cuando el deber llama. [Pandora|Wyvern]
—Soy un espectro, Nidhogg, soy... un dragón del inframundo... —Mira sus manos y dedos, las falanges media y distal visibles, contrastando la piel blanca contra la armadura oscura. — y se siente... bien. —Sus puños se cierran, parpadea sorprendida dirigiendo ahora el rostro hacia la hermosa bestia y le sonríe. —Ustedes siempre lo supieron, ¿verdad?
Porque siempre la habían visto como un “dragón pequeño”, no aquellos dragones que ponían palabras en su mente para comunicarse, sino aquellos que ponían imágenes oníricas en su mente para darse a entender. Los dragones eran sabios en su vejez, algunos en su magnificencia mágica, pero Rhiannon nunca se imaginó que se refirieran a esto.
La parte odiosa de su alma, la que siempre le anuncia que está mal, el sentirse algo tan bien, está molesta de nuevo. Su momento se amarga cuando llega rápidamente a la intelección de que esto no es un premio, es un castigo: Debería serlo cuando ha fracasado tantas veces, tantas vidas; y debe sentirse peor que estar castigada en el infierno, serviendo al rey del Inframundo.
Pero no es así, y quizá en esa disyuntiva, en esa constante pelea interna, este parte del castigo en sí mismo.
Aplasta al instante ese pensamiento porque el castillo se ha vuelto loco en arreglos y limpieza, “para esperar a nuestra señora” habían dicho. No sabe cómo sabrían, no tiene idea de cómo sea el funcionamiento interno exactamente, pero le habían encomendado la tarea de buscarla. Era el único espectro que había despertado después de todo.
Su antiguamente oficial superior había dudado en darle la orden, también fue bastante satisfactorio el que los papeles hubieran cambiado de repente. No replicó; aceptó el mapa y la última orden del hombre y partió. Era su deber.
Había puesto una montura que le ayudase para su misión, porque estaba segura que la Princesa del Inframundo probablemente no estaría muy acostumbrada a este tipo de viaje; además la iba a traer quisiera o no. Había asegurado a ella una mochila con necesidades básicas para el viaje y por supuesto, una buena botella de Whisky para las noches frías. Bebió un sorbo que le caló la garganta antes de guardarla. Había montado a lomos de Nidhogg pocas millas, cuando permitió que las alas de la armadura se desplegaran y por fin, por fin voló al lado del dragón.
Sintió el cambio en las mareas y el viento, había aprendido acerca de los cambios en ellos y surcarlos aunque fuera por alas que no fuesen las suyas. Su corazón palpitaba fuerte en su caja torácica, no de miedo, sino de emoción.
Aplastó la buena sensación y su sonrisa, pensando en que precisamente así es como debería sentirse el preludio a un castigo, bajo la amenaza constante de que se quite tanta felicidad y dicha.
Como fuese... iba a disfrutar ese momento y espacio único, observando el cielo estrellado como un manto protector, única capa de gases que los protegía del abismo del vacío del espacio; el mar debajo, con las olas dejando surcos blancos como olanes de plata hecho de hilos de luna.
Bajó hasta poder meter sus dedos en el agua, disfrutando de las gotas que saltaban a su rostro. El dragón planeó bajo también, haciendo que el mar se abriera en su superficie y ella dejara de tocar el agua. Sonrió, como al unísono habían hecho una curva ascendente y continuaron su camino sin pausa, hasta que Nidhogg decidió bajar en una zona descampada.
Varios días duró su viaje, hasta que llegaron a Egipto. Lo positivo de tener sus propias alas, es que Nidhogg podía quedarse en el desierto a esperar, libre de las miradas estupefactas de los humanos y por tanto, de la histeria de las pocas poblaciones que quedaban.
Con sus pies en la arena, había concentrado su cosmos. Casi podía verla en su mente; tuvo un inevitable estremecimiento al sentir su poder, más que por la energía, por la forma en que aplastó la especie de reconocimiento de haberla encontrado de nuevo, en otra vida. Ojalá fuera la última...
Las poblaciones en renacimiento, tenían formas... especiales de hacerlo. Algunas se aferraban a las costumbres, otras se habían aferrado a su vez a los sistemas sociales que habían llevado al mundo no por los dioses sino por las manos de los hombres a la destrucción de la naturaleza, y al ser poseedores del dinero estaban creando de nuevo ciudades y sus imperios ya fuesen criminales o “legales” pero de todas formas absurdamente dañinos para ellos y el mundo donde vivían.
Pandora había decidido vivir en los primeros, pero por supuesto no sería una mujer promedio. Hades no quisiera que fuera hija de campesinos, no. Abrió las alas y fue a la especie de fortaleza fuertemente custodiada. Princesa de principio a fin. Era curioso cómo habiendo centinelas en las torres, no miraban hacia los cielos, esperando las amenazas de la tierra. El temor a otros seres humanos aún cuando los dioses habían devastado casi el mundo...
Se dejó caer sobre el techo en una zona vacía y bajó hasta el balcón; lo cierto es que no pensaba que los guardias fueran un desafío real, pero prefería hacer las cosas lo más silenciosamente posible.
Las puertas del balcón se abrieron, se quedó tras las muy delgadas cortinas, aún sin atreverse a entrar. Se quitó el casco y puso una rodilla en el suelo, silenciosa exceptuando la armadura misma cuyas alas rascaron el suelo al inclinarse, esperando a que ella dijera la primera palabra.



