[On rol privado]. Hypnos y Rhiannon.
Cuando Pandora no quería ser molestada, sabía cómo retirarse muy bien, pensó que en el castillo encontraría más rápido a la señora de las huestes inframundanas. Para quitarse un poco del problema, había amedrentado un poco a los soldados con el fin de que la buscaran y si bien no le hablara, volvieran hacia Rhiannon para referirle dónde estaba.
Entre sus primeros pensamientos, había pasado acudir al señor Hades e Hypnos, pero molestar a los dioses no era su intención y tampoco quería herir susceptibilidades saltándose niveles jerárquicos; incluso si Astra había parecido la mayoría del tiempo relativamente amigable, no quería tentar su suerte cuando su carrera en el inframundo apenas comenzaba.
Esperaría un poco más, y si no encontraba en un par de horas a Astra para darle el mensaje de Ares, no dudaría en ir hacia los dioses.
Probablemente había tiempo de un respiro, así que se tomaría ese tiempo para quitarse la sangre y el sudor de su travesía en Asgard, con el fin estar presentable para ellos (y sentirse bien); al menos era no sólo una excusa sino una necesidad. Se había aseado y cambiado la ropa; se había puesto una holgada camisa blanca y pantalón de piel de color negro, pero todo bajo una larga gabardina que parecía más un vestido. No tenía idea de cómo se sentían cómodas peleando con vestido, pero no era su estilo y tenía que estar preparada, sin embargo, no podía negar que la “estética” del inframundo era agradable en algunos casos.
Aún sin datos por medio de los soldados, decidió ir al salón del té, pero para tomar un poco de Whisky en el acogedor espacio. Dejó su armadura cerca de la ventana y tomó asiento. Sabía que beber un poco la ayudaría a relajarse, y no interferiría en su eficiencia en la batalla, conociendo sus propios límites.
Mientras bebía los primeros tragos, no pudo evitar pensar en el pobre Andras, al que había llevado a la tierra de los dragones en la dimensión de bolsillo que había creado para ellos. Su seudo prometido (qué gracioso, todavía eso) le caía bien, así que si bien Ares iba a “ayudar” a mejorar a los guerreros de Asgard ante lo que se avecinaba, Rhiannon podía ayudar con uno y probablemente evitar que fuese asesinado en el proceso si no era considerado apto. Los dragones eran una excelente práctica y más aún si sus técnicas no debían ir encaminadas a matarlos.
Pensó en el dragón que acababa de rescatar, en cómo también hace no mucho habían hecho equipo para rescatar a otro en América, pero de eso... era mejor no acordarse por ahora.
Rhiannon no había sido negligente, porque ella no era una juez por elección del señor Hades, así que no entendí amucho la culpa le aquejaba, al no haber buscado a otros espectros que hubiesen despertado; porque ella de alguna forma “sentía” que no era la única. Se preguntó si era por la especie de conexión de los 108 masei al llamado de la resurrección de Hades.
Se pasó la mano por el rostro y eligió que eso lo pensaría después; estaba cansada tras haber peleado con seres míticos de Asgard para liberar a otro, pero al menos había conseguido quedar bien con los asgardianos y la libertad del dragón que Siegfried había herido; rara vez podía estar en una situación de ganar-ganar. Aún con todo no podía olvidar las palabras de Ares y preocuparse por el futuro. Empezó a cabecear, estaba cansada pero no se podía permitir dormir. Recargó su barbilla en la mano.
Todavía tenía que completar sus notas de los sucesos, pero... Quería escapar un ratito de todo, así que continuó el libro que había llevado para entretenerse. La tempestad, en el cuarto acto, leyó:
“Nuestros festejos han terminado. Estos actores nuestros/, como te avisé, eran todos espíritus, y/ se han fundido en el aire, en sutil aire/, y, como la tela sin cimiento de esta visión/, las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios/, los solemnes templos, y la misma gran esfera/, con todo lo que le pertenece, se disolverá, y, como este efímero espectácul0, no dejará rastro alguno. Estamos hechos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños/, y nuestra pequeña vida se encierra en un sueño.”
Como si fuese un conjuro, fue entonces que sus ojos se cerraron, y soñó de nuevo, con un sueño que no era, pero de alguna forma se hizo suyo...
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Estaban en… ¿Grecia?. Estaban frente a un santuario en ruinas, lo que aún quedaba en pie estaba en llamas. ¿Qué estaba pasando?, ¿Una ilusión?, era una ilusión tan poderosa como para que el dios sintiera la realidad en ella.
El dios Hypnos recorrió el santuario, conforme avanzaba información llegaba a su mente, como quien recuerda algo olvidado, algo oculto, como quien vuelve de un coma y recuerda toda su vida. Él había derrotado al santuario, él había comandado las hordas del inframundo en la batalla, cosa que nunca había hecho realmente, hasta aquella ocasión.
Terminó de subir, en la sala del patriarca se arrodillaba ante él una mujer de cabellos largos y azules, Athena. Ella le entregaba a Nike. Mientras el complacido le permitía levantarse. Pronto el dejó de ser el, y solo era una entidad que veía una especie de película, una película inmersiva de la que él estaba ya estaba convencido que era parte.
Tomó la mano de Athena y la invitó a sentarse a su lado. En el trono del patriarca ahora había dos grandes y vistosas sillas. Sentáronse ambos, tomados de la mano mientras veían el horizonte. No había dándose cuenta que junto a él se encontraba una hermosa mujer de cabello castaño, erguida, alerta. Parecía cuidar de ellos. Era la representante de Athena en la tierra, era la matriarca del santuario.
El tiempo pasó rápidamente frente a ellos. El santuario prosperó, creció, el Inframundo lo hizo a su vez, las relaciones entre los atlantes y Asgard mejoraban. Todo avanzaba, todo prosperaba, bajo su mandato.
Aquella era la prueba. Un deseo dormido en su corazón, enterrado, estaba brotando.
Yo lo haría mejor…
Decía su corazón. Hypnos, aquel dios que daba su eternidad por su señor Hades, tenía aquel deseo inclaustrado en la oscuridad de su mismo. Hacerlo mejor que Hades mismo.
El dios sonreía en el trono de la tierra. En una tierra donde ya no había guerras, donde el deseo de destruir al hombre había desaparecido de la agenda del inframundo. Donde todo era cada vez mejor. Aquel era el poder de Xtabay, no era tentar a los hombres con su cuerpo. Era usar ese don para debilitar la voluntad y escarbar en aquello que se asomaba de vez en cuando, en aquello que todos enterramos. En aquel deseo que no debe ser.
Esa selva era una versión aumentada del mundo de los sueños.
¿Cuánto tiempo había pasado?, era difícil saberlo. Hypnos estaba atrapado en una realidad alternativa, en un mundo distante. Y más tiempo pasó, días, meses… años. Su nueva realidad era perfecta. No había división, veía en el santuario guerreros con surplices entrar y salir, guerreros que medían sus fuerzas pero no buscaban algo más.
Hasta que un día, subiendo las escaleras para llegar a la sala del patriarca se encontró con ellas, aquellas dos mujeres que habían sido sus aliadas en esta restauración, las vio como siempre las veía, las saludó como siempre las saludaba, pero algo no estaba bien. Por un momento, los ojos de Athena se volvieron bi-color, un ojo azul y otro púrpura. Fue como un parpadeo, como un relámpago que iluminaba todo por un milisegundo para luego desaparecer.
Aquello le hizo detenerse un momento, y las volvió a ver. Las miró fijamente. Primero a Athena, y luego a la Matriarca.
De pronto, aquella certeza de conocerlas se debilitaba. Las veía como el amante que observa a su amor después de una despedida; cuando sus almas se distancian tanto que ya no son lo que eran. Cuando su corazón entiende que las palabras ya no alcanzaran a mover ese corazón, cuando viven a diferentes niveles.
Así se sentía el final de aquella ilusión. Aquel recuerdo aleatorio de Phantanasos en Athena había echado a andar el músculo de la voluntad atrofiado en Hypnos. Su mente había comenzado a trabajar sobre su deseo. Su voluntad sobre el placer. Poco a poco comenzó a entender que todo aquello era solo un sueño.
El dios sonrió. Había caído dentro de su propio sueño. Todo comenzó a desmoronarse, a convertirse en polvo de estrellas. Ellas, las líderes del santuario, fueron el último vestigio de deseo que desapareció, sus cuerpos se fragmentaron en miles de pedazos y con ellas el corazón del dios parecía romperse, alzó su mano buscándolas una última vez, pero no, todo lo que había construido había terminado.
Estaba en pena, había entendido algo; había entendido que no era un ser adecuado, un ser que rendía pleitesía a su señor como debería ser. Había entendido, que tenía las mismas debilidades de los hombres y aquello le dolió.
Cerró lentamente sus ojos. Hasta que dejó de escuchar el crujir de la realidad romperse y volvió a escuchar el ajetreado andar de la selva. Ahí estaba ella Xtabay.
Cuando abrió los ojos y observó el vaso a medio beber, se dio cuenta que estaba llorando. Eran lágrimas silenciosas pero muy amargas, entre una sensación de extrañar a alguien, desasociego, nostalgia... En ese sueño en el que había sido involucraba le calaba en el alma el que... efectivamente ella había fracasado, pero aquel escape fue un sueño de vida y paz, no de horrorosa muerte y destrucción como fue en la realidad y dolía muchísimo el saber que sus manos estaban manchadas de sangre, por eso ahora estaba maldita y su alma ennegrecida. Esa vida que había vivido en el sueño también le dotó de los sentimientos, porque por un momento para ella fue real, aunque luego viera todo como una observadora externa.
Tragó pesado intentando no sollozar, se limpió las lágrimas tallando con las palmas de las manos el rostro y... se puso erguida al sentir otro cosmos en la habitación. Se destapó lentamente los ojos y ahí estaba de nuevo Hypnos, pero esta vez frente a ella, en La Realidad, iluminado por el fuego y la luz de la ventana, aún con un toque etéreo.
El dios de los sueños, estaba segura, no estaba ahí por casualidad y ahora sabía quién fue Rhiannon; de eso no había duda porque había estado en su dominio hace unos segundos y había sentido una conexión que no podía explicar.
Sonrió con amargura de medio lado, levantó y bajó un hombro.
—Para que conste...a estas alturas, creo que si lo hubieras hecho mejor. —Le dijo con la voz un poco ronca. —Fue un hermoso sueño, lástima que algo como eso nunca sería real. —Sus lágrimas se habían secado y su rostro volvió a su típica inexpresión.
Porque incluso con el ansia y la embriaguez de poder, pese al aura típica de los dioses presuntuosos, Hypnos había querido un mundo de paz que ella no pudo lograr y lo consiguió en su sueño. Dafne no era tan orgullosa como para no entregar el trono de la tierra si era por el bienestar de la humanidad, aún más si ese extraordinario y bello sueño con los espectros y santuarianos viviendo en armonía se pudo haber logrado, con la humanidad a salvo... pero al final del día era una irrealidad. Un simple sueño que en eso se quedaba y se había extinguido ya.