Empezando por Lord Hades, porque por supuesto el emperador le había dado la imposible misión de encontrar su propio camino. ¿Para qué nacer espectro entonces si te iban a mandar pero a ser independiente?, de lo primero que había querido liberarse era de la responsabilidad, incluyendo la de sí misma. En fin... probablemente era parte de su vida como un castigo.
Entonces había buscado a Lady Pandora para hablarle acerca de que por fin había conocido a su señor, y saber cómo le había ido a ella (y probablemente, ella si le daría alguna tarea); sobrevolar el castillo Heinstein no dio resultados, su cosmos no estaba ahí. Pensó entonces en continuar con lo suyo hasta ser llamada. Aún así había buscado algunas cosas en la biblioteca que había dejado pendientes cuando el sapuri de Wyvern le llamó para portarlo, así que siguió buscando (robando) información y había completado cosas muy interesantes para seguir en la búsqueda de dragones en la que ya llevaba unos años. Ahora tenía ciertos accesos y recursos que no poseía antes, lo que era una hermosa ventaja.
Entrar al laberinto no era lo difícil, lo odiosamente complicado fue que comenzó a... simplemente perder el tiempo dando vueltas en la oscuridad. Había encendido su cosmos para poder tener algo de visibilidad, pero exceptuando por las paredes no había básicamente... nada.
Tenía qué apurarse, le había dicho al dragón que, si no salía en doce horas, o sea a la salida del sol, fuera por los otros y lo quemara todo. Había sido una broma, pero los dragones a veces no podían distinguirlo muy bien...
Suspiró un poco harta, se había movido a gran velocidad y sólo había encontrado kilómetros de oscuridad. Hasta que no lo fueron.
—¿Qué pobre cosa de mierda es esa?
—No voy a seguirte pequeña mierda, ¡ve a ser feo a otra parte! —dio la vuelta en una bifurcación de camino, contrario a donde el perro había corrido. —¿Pero qué...?—murmulló molesta, cuando el perrito había aparecido unos metros más delante de ese pasillo. Al parecer esa era su única opción así que siguió con ese camino. Ojalá no lo hubiera hecho...
—¿Por qué estás aquí?, debes regresar ahora.
Ellla... conocía a esa persona. No, ella no, en otra vida.
Le ignoró pasando de largo siguiendo el camino del perro, aunque ya no se veía. Su corazón palpitó fuertemente contra su caja torácica. Aquella persona no le dijo nada, sin embargo, una vez que superó donde estaba escuchó claramente el sonido metálico de una armadura cuyas partes se separan y visten a un portador. Cerró los ojos.
—Escucha, caballero de Athena, no te conozco, sigue en lo tuyo y seguiré con mi camino. Te permitiré irte mientras esté de espaldas, si me haces girar...
—¿Es así como te diriges ahora a tus viejos amigos? —Dijo una mujer, aquella portaba el manto de Piscis en algún momento; las armaduras eran de un dorado pálido, casi ocre y se veían oxidadas, probablemente una sátira de lo que ellos portaron con orgullo al vivir.
Su corazón si podía, latió más rápido. Cuando giró, la oscuridad se fue desvaneciendo, en su lugar había una suave planicie griega, coronada al fondo con un templete, alrededor varios pilares tumbados o derruidos. Había una combinación extraña, entre un aroma a pasto y a humo. Parecía que hacía no mucho hubo una batalla. Cerró fuertemente sus ojos y... sonrió.
—Vaya, así que este es el lugar en donde todos ustedes terminaron, pensé que su castigo sería peor, veo que Hades se ha vuelto benevolente; hubiera pensado que se ensañaría.
—Este no es nuestro sitio de reposo, será el tuyo. —Dijo un caballero.
—Es hora de que vuelvas a donde perteneces, con nosotros... —Terceo otra voz.
El cosmos de al menos tres caballeros de oro se encendió, y no eran ni la mitad de los que había en ese lugar.
—... Maldita sea...
Lo último que recordó de ese enfrentamiento, es haber gritado el nombre de una técnica destructiva, antes de que se desatara el infierno -dentro del infierno-. Estaba segura que los había tomado por sorpresa a los que le atacaron, pero aún así, cuando volvió a recuperar la conciencia, otros aún estaban ahí; ni rastro de los que le habían hablado primero, sin embargo ella estaba herida. Le dolía todo el cuerpo y revisando su pecho, había una cuarteadura en la armadura y un boquete en el suelo donde había caído, probablemente formado por su propio cuerpo. Se sentía confundida.
Los caballeros dorados la miraban con juicio, rostros inmutables. Todos ellos aún bellos en la plenitud de la eterna mocedad congelados en una vida prematuramente terminada, con la serenidad juvenil y divinizada características de las estatuas grecorromanas.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó el caballero de Aries mirando con ojos penetrantes.
—La última vez que revisé en mis recuerdos, eras un traidor, así que no tengo nada qué responderte.
—¿Me responderás? —Preguntó el caballero de escorpión. Su corazón dolía al escuchar su voz. Tragó saliva y mientras se levantaba, se limpió el sudor de la cara. Miró su mano y había sangre.
—Tu alma sufre, —continuó el caballero de la octava casa. —Esas son lágrimas de sangre. —No era sólo físico, era también el peso de sus errores y fracasos.
—Es sangre de la frente, tonto, porque me han golpeado entre tres y eso pasa cuando te dan una paliza... dame un momento y te mostraré. —Lo último lo dijo con los dientes apretados, recargándose en la rodilla para ponerse en pie.
Sintió el pinchazo ardoroso en varias partes de su cuerpo, no cayó, pero fue arrastrada por el poder de los golpes, unos metros atrás.
Ellos estaban muertos y ella estaba sobreviviendo, ¿por qué era difícil de entender?, no podía quedarse atorada en sus recuerdos de algo ya vivido. Su redención era ahora algo personal, esta vida, era para ser vivida y... castigada a su manera, no de la forma en que al parecer creían ellos que tenía que terminar.
—No me lo tomes a mal, me caen bien todavía y todo eso, pero¡<... Greatest Caution!
Se sintió como romper su corazón en pedazos. De alguna retorcida manera, lo aceptó con gusto porque sabía que se lo merecía. Ellos no eran tan poderosos como los recordaba, se dio cuenta al ver caer un par, pensó que probablemente porque estaban muertos o quizá ese lugar también tenían restricciones por la bendición de Hades, pero tenían una fuerza en el número. No quería herirlos, pero... ¿no era ahora este su trabajo?, en la medida de su capacidad ellos tampoco parecían estar conteniéndose...
De nuevo, había perdido el conocimiento. Esta vez despertó llorando y no sabía si fue más cruel estar dormida que despierta. En su extraño sueño había entregado el reino a los espectros, a un dios en particular, probablemente reflejo de un deseo de que esta vez ganara la facción a la que pertenecía, pero... la realidad era dolorosa y es que si en aquel entonces hubiese una oportunidad de paz, sus amigos vivos y una vida relativamente feliz para los humanos (que sólo podían hacerse infelices entre ellos y no atormentados por los dioses) ... sólo quizás...lo hubiera hecho sin parpadear, si eso hubiera podido ser una opción o una realidad.
Qué terrible fue ese sueño, dándole todo lo que quería para la humanidad y el santuario, para luego ser arrancados de tajo con su despertar en su patética realidad espectral. Tosió el polvo que había tragado, su garganta seca y la piel de la cara asquerosa entre la sangre, el sudor y la tierra.
—¿No sabes hacer otra cosa que llorar, greñuda?
—Por favor... tú no.... Disculpa, ¿quieres dejarme en un rato en paz?, estoy teniendo un momento aquí...
—Nunca. No somos seres de paz, pero podríamos serlo. ¿Por qué no te rindes? No hay forma en que puedas ganar.
Detuvo su respiración esa frase, giró el rostro para ver los ojos claros de la castaña, pareciendo una pequeña eternidad al verla por fin de frente. Le dio una pequeña sonrisa, que la otra persona devolvió. Luego le arrojó un puñado de tierra a los ojos.
Extendió las alas (con lo que consiguió empujarla), le lanzó una técnica que no se quedó a ver si impactaba porque voló. Cuando miró hacia abajo, la mujer había cambiado; llevaba mucho menos ropa que una armadura y su piel era morena.
—No sé quién seas en realidad, pero tengo una misión con cierto dragón, que no puede esperar otro siglo...
El único detalle por el que se dio cuenta que no había forma de que fuese la portadora de Cáncer, fue porque en su vocabulario jamás estuvo el rendirse. Era hora de hora de una “retirada táctica” porque estaba en demasiada desventaja como para quedarse a ver de quién se trataba. Había otros caballeros que estaban saliendo de la tierra y poniéndose de pie.
Como sea, tenía que dejar todo eso atrás. No tenía tiempo de lidiar con lo que fuera que era eso; intuía que estaba demasiado cerca de obtener información de Quetzalcóatl y no había nada más importante que liberar a los dragones, hasta que estallaran las guerras... de eso al menos se tenía que convencer.
Esquivó una técnica de hielo y luego una horda de rosas rojas maniobrando en el aire.
—Demonios... —Se quitó una rosa que se le encajó en la mano. Voló hasta el templete y ahí por fin pudo observar en la puerta al maldito perro pelón, que corrió de nuevo hacia el interior. —Me alegro de verte, horrenda cosa...
Aterrizó mal, se sentía atontada aunque no estaba segura si fue por la paliza de hacía un rato, el veneno o la vomitada emocional de su alma. Corrió poco y... se tropezó, cayendo vergonzosamente sin poner las manos, directito al suelo. Algo había suavizado parte de su caída. Sacó la mano debajo de sí misma, extendiéndola para tocar un cuerpo.
—¿Qué? —Parpadeó, usando la poca luz que entraba por el corredor. —¡Astra! —¿Sería de verdad Lady Pandora? Tocó el pulso en su cuello, tranquilo pero firme, piel cálida; su pecho se movía al compás de sus respiraciones, nada de eso hacían los que estaban detrás. Se puso de rodillas, tomando sus hombros para sentarla.
Cuando giró el rostro hacia la “entrada”, no encontró más que un largo pasillo vacío. Era desconcertante. Se sentía como si tuviera resaca, pero en vez de dolerle la cabeza, simplemente era un malestar general en su ser. No se iba a poner a meditar en todo lo que había pasado, sólo la haría sentir peor; no había tiempo para crisis de conciencia o lo que demonios fuera eso, cuando ahora tenía que cumplir con su deber real.
Un poco tambaleándose, pasó un brazo por debajo de las rodillas de Astra, el otro aún la sostenía por la espalda. La acomodó bien en sus brazos y se puso en pie, siguiendo por el camino del laberinto. Lanzó un suspiro cuando al fondo vislumbró una aparente salida. Antes de salir había desde el techo hasta el suelo inscripciones que no podía comprender, estaban en un antiguo idioma aparentemente, pero los grabados en la roca... ese sin duda era la llamada “serpiente emplumada”.
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