Decorado con intrincados diseños, que simbolizan escenas ancestrales. Casi en la cima de aquella montaña era difícil determinar si el brillo áureo lo refleja el sol o viceversa, porque al atardecer y al amanecer, el sol parece nacer y morir en la puerta misma.
La admiración inicial que genera el recinto por fuera, rápidamente desaparece cuando se atraviesa el marco y las puertas se cierran. La piel se eriza siguiendo la alfombra roja que se antoja infinita, ante la magnificencia que puede percibirse, no solo por los 5 sentidos.
Simplemente, resulta inexplicable la solemnidad que se respira en aquél sitio de techos altos y grandes espacios.
Se aprecia solitario, como si hubieran pasado años desde la última vez que alguien estuvo ahí y sin embargo cada rincón lucía pulcro e inmaculado, era como si las partículas de polvo no pudieran penetrar en esa atmósfera solemne o en su defecto, como si afanados sirvientes invisibles repasaran perpetuamente cada estatuilla y recoveco con una minuciosidad obsesiva.
No había muchos adornos en la sala principal pero los pocos que había eran de oro puro. Los diseños tallados a mano cuentan una historia y en cada relieve casi puede palparse físicamente el regocijo que da la sensación de vida, la contundencia de la inminente muerte y alrededor de ello o en medio, la vastedad del universo.
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Al fondo de aquella sala principal hay un trono de oro custodiado por la efigie de un dragón que te observa permanentemente. Sus alas extendidas dan la sensación de que está a punto de saltarte encima y sin importar desde donde mires, parece siempre estar observando atento a cualquier movimiento.
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Está muriendo la tarde cuando cansinamente el silencio, comienza a romperse con un sonido tímido que viene desplazándose desde algún lugar entre las sombras, mismas que parecen empezar a abrazarlo todo con la llegada de la noche.
Poco a poco en un ritual meditabundo, una entidad va encendiendo unas antorchas que iluminan tenuemente algunos espacios. Inapreciable la identidad de aquél encapuchado de movimientos pausados, ni siquiera se aprecia la mano que sostiene una vara delgada de metal, con la punta cubierta por un Kevlar encendido con encina blanca.
¿Por qué haces eso? – Interroga de pronto un murmullo que no puede ser escuchado con el sentido del oído.
Por respuesta, los pasos lentos siguen su camino arrastrándose un poco hasta la siguiente antorcha. Ahí se detiene para volver a estirar la vara de madera, se queda un momento hasta que la nueva antorcha enciende y luego sigue en una danza tranquila hacia la siguiente y así continúa hasta que concluye cuando se han encendido las antorchas que reposan a los lados de la puerta de oro.
Llevas muchos años así y nunca habías hecho eso. No entiendo por qué lo haces. – Vuelve a musitar el murmullo en tono resignado. Como si aquellos enunciados se hubieran gastado a lo largo del tiempo y una vez más, quedasen sin respuesta audible.
Esa noche sin embargo, algo se respiraba diferente. La efigie menuda de apenas un metro y medio de alto contrario a lo que había hecho durante los últimos 10 años regresó sobre sus pasos para luego dirigirse hacia una sala lateral al trono y desaparecer detrás de una cortina cuyo color se mimetizaba con la obscuridad de los rincones.
Detrás de la cortina se erigía un salón más pequeño que el principal. Tenía una pared de piedra maciza cubierta por runas antiguas, la entidad caminó hacia una muy específica, con cautela estiró el cuello hasta que quedó a escasos milímetros de la roca.
“Domina…” – Musitó en un susurro doloroso mientras se escuchaba el tenue crujir de sus labios al intentar completar una frase.- “Suus Tempo”. – Completó lastimosamente, para luego convertirse en polvo, la capucha cayó al suelo al instante.-
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En pocos segundos brotó una pequeña flama azulosa que consumió los restos, se levantó flotando hasta la pared para desaparecer. Al contacto, las runas descubrieron una inscripción ancestral en griego que brillo solo un instante para luego nutrir la roca de esa extraña energía.

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En el cuarto recinto a través del portal un sonido metálico se hace presente, se va haciendo más fuerte hasta que de súbito un cuerpo es arrojado por el portal cayendo estrepitosamente. El impacto con el suelo hace que se le desprenda parte de la protección que tenía, no se escucha el chillido de las piezas metálicas rebotando, ni tampoco el deslizamiento del cuerpo sobre el mármol que va dejando un rastro carmesí tras de sí.
El portal se ha cerrado, la roca vuelve a la normalidad y el sello se consume por completo. El sonido ha regresado o al menos la sensación de vacío ha cedido.
Así queda el cuerpo tendido boca abajo visiblemente herido y por todo el salón piezas de oro regadas. Parece muerto pero al acercarte puedes observar que respira pausadamente.
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Fue así que pasó, sabrán las moiras cuanto tiempo en la misma postura. El cuerpo se estremecía tímidamente de vez en cuando, como si le volviera la conciencia a ratos pero la sangre se secó, antes de que pudiera emitir algún quejido.
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