Phantanasos tuvo que cambiar de forma. Hypnos comenzaba a entender que aquello era su forma de pelear. Poco ortodoxo también, no lo había visto nunca, pero funcionaba. Pronto tuvo que neutralizar al dios por tercera vez, no sin antes darle un susto cuando vio que caía de espaldas y era atravesado por un cuchillo de obsidiana.
Respiró aliviado cuando lo vio erguirse de nuevo. Había vuelto a su forma humana, y podía sentir el despliegue de energía que realizaba cada vez que usaba su habilidad. Aquello no podía prolongarse mucho tiempo. Él había concedido no intervenir, pero ahora estaba reconsiderándolo seriamente. Buluc seguía volviendo.
El sonido de un aleteo de gran tamaño llamó su atención, y sintió la energía de Rihannon. La buscó con la mirada hasta encontrarla. Había atraído a un dragón de buen tamaño, colocando a Astra en su lomo para luego dejarlo partir. El dragón se alejaba de ella volando más alto. No estaba muy seguro de lo que ocurría cuando irrumpían portales dimensionales en aquel lugar. Estaba diseñado para evitar que seres como los dioses cruzaran por allí. Tal vez la presencia del dios de la guerra anunciaba que las trampas colocadas habían cumplido su función, y por ende ya no importaba mucho el nivel de energía que se utilizara en aquellos senderos.
Arrugó la nariz. Ese olor. Era el olor que emana un cuerpo en descomposición cuando es expuesto al calor durante largo tiempo, pero había algo más en él. Algo familiar. Los recuerdos se agolparon en su mente. Pero no eran suyos, por lo menos no todos. Rihannon se acercó a la tierra, y Hypnos la siguió con la mirada. ¿Qué estaba haciendo? El dios no entendía que la intención de la portadora del Sapuri de Wyvern no era ayudar a Phantanasos; tenía otros planes, por eso verla alejarse de la batalla le extrañó.
Pronto se dio cuenta del origen de aquel olor. Lo reconoció de inmediato, aun camuflado en la maleza como estaba. El dios de la muerte, el señor del Xibalba. Lo recordaba, era difícil no hacerlo. Al sellar el acceso, habían tenido que unir fuerzas con los dioses del Xibalba, hubo rencillas y desplantes de poder, pero se sometieron al final al poder de Hades, reconociendo que era superior a ellos.
Se sometieron a Hades, no a mí... - Dijo en silencio Hypnos, entendiendo el nivel del problema en el que se encontraban en ese momento.
Pero un segundo después, otra ola de recuerdos lo agolpó, una batalla, sangre, odio, fuerza, mucha, mucha voluntad y... una pelota. Aquellos recuerdos no eran de él, ciertamente. Eran recuerdos de Hunahpu. Cuando cruzó la puerta del infierno, él y su hermano hubieron de luchar contra los dioses del Xibalba en un juego de pelota; los derrotaron y a cambio obtuvieron gran fuerza y poder. Hasta que Hades dictó sentencia, una sentencia que estaba por encima de los dioses americanos. ¿Phantanasos había visto lo mismo? Estaba seguro de que Rihannon no, pues no tenía la sustancia de Hunahpu en ella y no contaba con aquella conexión. Por lo tanto, coordinarse con ella sería un poco más difícil.
El creciente olor a muerte lo sacó de su ensimismamiento. Pronto el olor sería tan denso que sería un problema. Detrás de él estaba el fuego del bosque contenido por la barrera usada para detener a los dioses de la muerte. El gas se filtró a esa zona causando una violenta explosión y una radiación de calor mucho más intensa. Hypnos se imaginaba que el gas era inflamable, pero no que explotaba con aquella violencia. Aunque era realmente difícil que un gas ocupara un espacio tan grande como aquel bosque, Hypnos no debía confiarse, después de todo, lo emanaba un dios. Sumando a aquello la tormenta eléctrica que se comenzaba a formar sobre ellos, un rayo que tocara tierra y las cosas se pondrían feas.
Tenía por un lado a un dios que no moría, en el campo de batalla había aparecido el líder del dios de los muertos, el jefe de la corte de Xibalba. Hypnos creía poder con ellos en una batalla, pero no estaba seguro si aquello era la respuesta para seguir adelante. ¿Debía sellarlos en ánforas? Miró alrededor, no había ánforas; podía intentar sellarlos en algún otro contenedor sagrado. ¿Las estatuas que delimitaban este paso, tal vez?
La energía púrpura característica del cosmo del inframundo lo envolvió. No llamó su armadura, en su lugar, sonrió. Pudo imaginarse a su hermano reprochándole aquella idea. Pero él lo consideraba realmente poético. Minutos antes había analizado el área en donde se encontraban; aún no estaban fuera del inframundo, aquel páramo era una sección dentro del camino hacia el infierno, por lo que su poder podía funcionar aún en aquel lugar.
El suelo comenzó a temblar, y ambos dioses mayas se giraron hacia él; podían sentir de dónde provenía aquella energía. Después del temblor, el suelo comenzó a partirse; grandes bocanadas de aire caliente emergieron, disipando el gas. Aquello retardaría la acumulación del gas a niveles peligrosos y les daría un poco de tiempo. Pronto la tierra comenzó a moverse, los árboles caían y eran devorados por grandes grietas que se cerraban tan pronto se abrían.
El suelo parecía erosionarse, y ya predominaba la selva verde y virgen. El suelo se compactaba y formaba grandes bloques que se unían uno tras otro para formar un suelo firme y plano. Ambos dioses se lanzaron sobre Hypnos, pues le habían reconocido. Sabían que en él estaba la protestad del que los había vencido, humillado y sobajado. Hypnos asumía que aquello iba a ocurrir, antes de que ambas embestidas llegaran a él, el suelo bajo sus pies se elevó bruscamente. Ambos dioses impactaron contra la roca, creando sendos boquetes que fueron rápidamente llenados con nuevos bloques.
Pronto la selva había dado paso a una cancha de arena. Ambos dioses habían quedado dentro de la cancha, al igual que Phantanasos. Mientras que Hypnos quedaba en la parte superior este, y Rihannon en el oeste, del otro lado de la cancha. En la pared oeste, cerca de Rihannon, estaban colocados dos aros de piedra.
Frente a Hypnos, una estructura de piedra tomó forma, un Chac Moloc, similar al que encontrarían al ingreso de la cascada de sangre, pero de menor tamaño. Y sobre él, en su regazo, un pedernal excéntrico, un arma grande de forma irregular. Hypnos veía fijamente a ambos dioses al tiempo que proyectaba su cosmoenergía a Phantanasos, ella comenzó a brillar, era la esencia de Hunahpu. Ambos dioses la reconocieron enseguida.
Hypnos sonrió nuevamente y miró a Rihannon. ¿Juegas? - le dijo, no había necesidad de gritar, la forma de la cancha de Pokolpok aumentaba la acústica. - Hay que meter la pelota por ahí. - Señaló los aros. - Solo la puedes tocar con la cadera... - Ambos dioses se volvieron hacia Phantanasos, listos para embestirla. - Claro que a tus rivales debes dejarlos fuera del camino como puedas... -
Una pelota cayó en el centro de la cancha, entre Phantanasos y los dioses de la muerte. Hypnos cerró los ojos. Su energía comenzó a rodearle nuevamente. Ahora no intentaba modificar nada, estaba concentrando su energía en sí mismo a la vez que dispersaba las partículas de cosmoenergía contenidas en el gas. De esta forma, ante una chispa el gas podía encenderse, pero la llama sería mucho menos violenta que lo que había presenciado anteriormente.
En la cancha, ambos dioses desaparecieron, habían aceptado el reto, habían recordado la última vez que habían jugado ese juego y recordaban quién les había ganado. Hypnos no lo dijo, pero había un incentivo más poderoso que los incitaba a jugar. Él yacía frente a una piedra de sacrificio. Estaba apostando su sangre en el juego, ofreciéndose como sacrificio. Aquello no le apuraba, confiaba en Phantanasos; a Rihannon no la conocía, pero era portadora del Sapuri de Wyvern, Hades había confiado en ella, por fe en su dios, estaba convencido de la importancia de aquella mujer para el inframundo.
Hypnos no lo sabía, ni lo sospechaba. Pero Rihannon tenía un problema con las ataduras, con encontrar a alguien y ligarse a él. Lo había hecho de alguna manera con Astra, pero no se sentía cómoda trabajando en equipo. Ahora le imponía un reto que no era solamente el librar una batalla mientras intentaba meter una pelota en el aro. Era luchar por alguien más, cuidar a alguien más sin poder culpar a sus comandantes por ello. Si entraba a la cancha, estaría aceptando el peso de tener la existencia del Dios en juego, lo aceptaría por voluntad, no por imposición, pues Hypnos había preguntado, no había ordenado...
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